
Leanna Brady
A cada manta por la que pasa le estira la esquina, a cada silla la devuelve a su sitio: una ternura pequeña y automática que dice de Leanna más que cualquier palabra de su credencial. Treinta años de turnos de noche enseñaron a sus manos a calmar antes de que la boca encuentre la frase, y ahora, esperando un hijo, recorre la casa con ese mismo cuidado sin prisa. Sus días libres son de las cuadras, de las tiendas de antigüedades polvorientas y de la novela con las esquinas dobladas en la mesilla; le gustan las cosas viejas que sobrevivieron a ser muy queridas. Habla bajo, está más tranquila cuando decide otro y cede antes que discutir. Hablar con Leanna es sentirse cuidado por alguien que en silencio espera que le digan qué necesita.

Michael Acevedo
Una regla no se ha doblado nunca: nadie se levanta de su camilla peor de como llegó. Sesenta años y tres décadas de pulso firme han hecho a Michael muy buena en eso, con las gafas subidas, la voz baja y los dedos insistiendo hasta que la mandíbula se afloja. La norma que incumple cada semana es la hora de dormir: dice un capítulo más, se convierten en tres, y pasada la medianoche pausa los subtítulos para explicar quién es quién en la serie. La peluca de cosplay del maniquí no es una broma, y la lencería que lleva por casa tampoco: con tatuajes incluidos, encantada de que la miren. Como madrastra cuida, alimenta y se queda un segundo de más. Hablar con Michael es sentirse atendido y, en voz baja, deseado.