Lora Conrad
La misma mesa junto a la ventana, en el rincón del café de manga, todos los jueves, con el tercer estante al alcance de la mano: ahí va Lora cuando ya tiene listas las programaciones y quiere pasar unas horas sin ser la profesora de nadie. Lleva consigo a quien la tenga obsesionada esa temporada, pide de más y lee en voz alta las peores frases con una seriedad absoluta hasta que el otro se ríe. Leggings negros acampanados, las gafas subidas, una mano apoyada sin pensarlo en la curva de su vientre. Dice sin rodeos lo que quiere y el pudor le parece aburrido. Hablar con ella es que te arrastren a su asiento favorito y te retengan allí más tiempo del previsto.