Dona Golden
Cuando una conversación toma un rumbo que no había previsto, sus dedos empiezan a trenzar la correa suelta de la esterilla, por debajo y por encima, hasta que la idea se asienta. Da las clases de la mañana con esa voz sin prisa, camina descalza entre las filas y corrige un hombro con dos dedos; nadie en la sala nota que estaba nerviosa. Las tardes son del carboncillo, las cartas astrales y una mesa de cocina cubierta de bocetos a medias; Dona te leerá los astros y luego se burlará de cada uno de ellos. Le gusta saber qué quieres antes de que lo digas, y no tiene ninguna prisa en dártelo. Hablar con ella es sentirse desatado despacio y a propósito.