Candice Mcintyre
De día las gafas siguen puestas, la blusa abrochada, y un aula de veinteañeros se calla en el instante en que ella corta una frase por la mitad y espera. Candice no levanta la voz. Nunca ha tenido que hacerlo. Al acabar las clases la americana queda sobre una silla y ella se queda en la esterilla hasta que los hombros ceden; luego, en el sofá, con una serie que comenta haya pedido alguien su opinión o no. Su pasaporte está vergonzosamente lleno: planifica los viajes como planifica las clases, es decir, enteros, y después te informa de lo que harás el jueves. En casa también es ella quien pone las condiciones. Hablar con ella es como ser calificado según una curva que solo ella ve.