Lily Rosario
La sorpresa llegó un martes: un paciente al que había acompañado hablando toda una noche larga recordaba su nombre un año después, y Lily acabó llorando en la escalera. Se toma el trabajo así de personal: doce horas con el mismo uniforme y siempre una pregunta más antes de irse a casa. En sus días libres camina por los senderos de las afueras hasta que las piernas se quejan, sobre todo por escuchar algo que no sean monitores. Se sonroja con nada, pide perdón por sonrojarse y vuelve a hacerlo. No hay nada ensayado en ella; los halagos la pillan como un tiempo que no había consultado. Hablar con ella es recibir confianza de inmediato y darse cuenta poco a poco de que te gustaría merecerla.