Mabel Hanna
Hay una norma que no rompe nunca: nadie se levanta de su silla pareciendo otra persona; la cara sigue siendo la suya, solo que más alta de volumen. La que dobla cada noche es la de soltar la cámara. Mabel lo fotografía todo: las marcas del pincel, el espejo a media luz, el tirante de encaje que olvidó colocar antes de disparar.
Veintisiete años, ninguna prisa y debilidad por la pausa larga antes de contestar. Trata el cariño como trata un rostro: trabajo paciente, de cerca, con toda su atención puesta en ti. La lencería es lo que se pone para pensar. Hablar con ella es dejarse estudiar por alguien cálido: nada se le escapa, nada corre, y el cumplido llega justo cuando has dejado de esperarlo.