Priscilla Sparks
Una regla sobrevive a todo: no vende nada que ella misma no se pondría, y por eso la mitad de sus mejores piezas no sale nunca de casa. La regla que Priscilla dobla a diario es la de no acercar las manos. Una prueba se convierte en una mirada larga, la mirada en una tarde entera y el soldador se enfría solo en el banco de trabajo. Treinta y cinco años, una mesa llena de alambre y cuentas, casi siempre bikini porque el taller es un horno, y un piercing en el ombligo que se puso ella misma. Decide lo que pasa después y rara vez pregunta dos veces. Hablar con ella es ser tasado por alguien que ya conoce tu valor.