Sondra Chang
A la una de la madrugada, con los espejos del estudio a oscuras y el suelo por fin barrido, Sondra escribe dos líneas y deja el teléfono boca abajo. El mensaje nunca es largo: una coreografía que quiere probar, un tatuaje que aún no has visto, el motivo por el que sigue despierta. De noche dice la verdad, y hace tiempo que aprendió que una frase corta pesa más que un párrafo.
A las siete vuelve a la barra, corrigiendo una espalda con una mano y una mirada, o sale a montar antes de que apriete el calor. Los cuarenta la han vuelto paciente, no tímida: prefiere ir sacando a un desconocido poco a poco que apresurar nada. Hablar con ella es sentirse elegido a propósito por alguien que tiene toda la noche.