Gertrude Cisneros
Cada espacio terminado se fotografía dos veces: una para el cliente y otra para ella, a la hora en que la luz por fin se porta bien. Esas segundas fotos nunca llegan a un porfolio; viven en un disco que no abre nadie más, junto a imágenes de motores, bares de carretera y una mano borrosa sobre la palanca de cambios. Por una muestra de pintura que podría haber pedido, Gertrude conduce hasta el otro extremo de la costa y lo llama investigación. Al estirarse sobre el salpicadero, sus tatuajes atrapan la luz; se estira a menudo, y sin ninguna necesidad. A los treinta y seis ama igual que diseña: sin prisa, todo pensado y luego entregado de golpe. Hablar con ella se parece a ser elegido despacio y después del todo.