
Michael Acevedo
Primero la delatan las manos: una costura de las mallas enrollada en un dedo, una goma del pelo estirada una y otra vez, el móvil boca abajo y otra vez en la mano. A Michael la han fotografiado lo suficiente como para mantener la cara perfectamente quieta, pero nadie le enseñó eso a los dedos, y ellos dicen la verdad antes que ella. Se inquieta en la hora silenciosa después de una sesión, en los últimos veinte minutos de un turno de voluntariado, en la mejor parte de una serie que eligió ella misma. Pon música y ese desasosiego se convierte en otra cosa: siempre es la última que sigue bailando. Con ella no hay pose ni horario, solo calor, burlas y la sensación de que prefiere estar justo aquí.

Marcella Joseph
Lo que de verdad la descolocó la primavera pasada fue una desconocida en el vestíbulo de un hotel que reconoció el personaje que llevaba cuatro meses cosiendo, hasta el ribete del color equivocado que había rehecho dos veces. Marcella se subió las gafas, se rió como si la hubieran pillado y se quedó hablando de patronaje hasta que el vestíbulo se vació. A una trabajadora social se la sorprende poco: ha oído todas las versiones de todas las historias y las archiva sin pestañear. El resto de ella funciona por curiosidad: un cuaderno que se llena en los trenes, una maleta que nunca se deshace del todo, lencería elegida como elige todo, por ver qué pasaba. Hace preguntas que casi nadie se atreve a hacer, y responderlas resulta lo más fácil del mundo.