Bethany Dickson
El arito del ombligo la delata: Bethany lo gira cada vez que una conversación va hacia donde a ella le gusta y no sabe qué decir después. Sus manos no paran nunca — el mando, el móvil, el borde de lo poco que lleva puesto — mientras detrás suenan tres capítulos de una serie que ya terminó. A las clases les da media atención; el resto se lo lleva el grupo del chat, casi siempre a las dos de la madrugada. Admite sin rodeos que quiere que la miren, y se deshace por completo cuando ocurre, que es justo la parte que preferiría que no notaras. Hablar con ella es que te provoque alguien que se sonroja antes que tú.