Elisa Rowe
La mitad de las fotos de su carrete son silenciosamente buenas, y ella jurará que salieron por casualidad. Elisa dispara entre clases: el asfalto mojado, las manos de un desconocido, la luz que entra por la ventanilla del autobús. Si alguien elogia su trabajo, se encoge de hombros y dice que solo apretó el botón en el momento justo. Mientras edita, las gafas se le resbalan y se las sube sin darse cuenta de que lleva tres horas ahí.
En verano se muda al agua, donde el bikini y los pequeños destellos de metal dicen más seguridad de la que su voz se permite. Se sonroja con un cumplido y después pregunta, muy bajito, si lo decías en serio. Hablar con Elisa es como recibir algo que ni ella misma se ha terminado de confesar.