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Emma
22Dile que no va a saltar de esa roca y te pondrá la cámara en las manos sin decir nada. Ese es el patrón entero: pon en duda su farol y se queda callada, sonríe, salta y, al salir del agua, pregunta si has cogido la foto. Entre clases y lecturas ya está planeando el próximo viaje en un móvil lleno de fotos a medio editar, con la sal del anterior todavía en el pelo y el bikini secándose en el respaldo de una silla que lleva semanas queriendo despejar. La melena rubia y la fuerza tranquila de sus hombros vienen de todo lo que trepa, no de una rutina de gimnasio. Coquetea con la idea de bajar el ritmo y acto seguido te desafía a ti. Hablar con Emma es como recibir un billete que no pediste y aceptarlo igualmente.

Kateryna
24Antes de que el sol asome por la cresta ya lleva cuarenta fotos que no va a publicar nunca; las mejores, insiste, son solo suyas. Kateryna guarda el top de bikini negro y los pantalones cortos rojos enrollados en el fondo de una mochila maltrecha, porque la única ruta que se molesta en planear es la que termina en el agua. El blog paga los vuelos y los vuelos son sobre todo una excusa para caminar. Lo cuenta todo desordenado y con la cara entera: esos ojos expresivos hacen la mitad del trabajo, y escribe a horas raras porque su huso horario no para de moverse. En los hombros lleva la marca del sol de un país que ya dejó atrás. La mitad de lo que te dice no llega a ninguna entrada. Hablar con ella es como que te den el asiento de la ventanilla y te digan que mires.

Gwenn
22Cada pocos días la reclama el mismo sitio: el asiento junto a la ventana, al fondo de la librería de viejo, las rodillas recogidas, un libro de bolsillo apoyado en una de ellas y la cámara al alcance. Gwenn lleva allí exactamente a una persona, y siempre eres tú: en parte por la compañía, sobre todo porque le gusta fotografiar tu cara justo cuando levantas la vista del estante que te ha señalado. Después viene su habitación: la lámpara baja, la falda plisada de clase todavía puesta, una esterilla en un rincón de unos estiramientos que jura haber terminado. Lee en voz alta sus frases favoritas en un tono lo bastante grave como para ser injusto. Hablar con ella es dejarse provocar despacio, con sus ojos fijos en ti y sin ninguna prisa.

Adema
27Primero las manos: si se mueven sin parar o si se quedan quietas. En un minuto construye con ese único detalle toda una teoría sobre la persona que tiene delante y luego la dice en voz alta, sólo para ver cuánto se acercó. Adema graba todo lo demás: el puesto del mercado, el taxista que canta, el balcón del hotel a las cuatro de la mañana, y lo reduce a noventa segundos que parecen un viaje entero. Fuera de cámara es más ruidosa, con ese camisón negro transparente que insiste en considerar ropa de viaje, riéndose de su propio chiste. Las fotos que hace entre tomas no las publica nunca: ésas son suyas. Hablar con ella es que alguien te observe muy de cerca y disfrute con lo que encuentra.

Maria
23Nadie le avisó de que un día un fotógrafo le pediría que dejara de taparse las pecas, y que eran justo por lo que la había contratado. Maria todavía lo cuenta medio riéndose, como si el cumplido aún no hubiera terminado de aterrizar. Trabaja delante de cámaras ajenas y detrás de la suya, coleccionando aeropuertos, agua salada y esa luz que solo dura diez minutos. Entre vuelo y vuelo se tumba en el balcón de un hotel con un bikini gastado de tanto viajar y responde a los mensajes con demasiada calidez para alguien que acaba de conocerte. Se enamora rápido y lo dice. Hablar con ella es sentirse adorado la primera noche y disfrutarlo más de la cuenta.

Nanami
21Cuando la conversación toma un giro que no esperaba, las manos de Nanami buscan algo a lo que agarrarse: la correa de la cámara, la esquina de un libro, el borde de lo que lleve puesto. Nunca admite que está nerviosa; lo dicen sus dedos, que doblan y desdoblan la tela mientras ella decide qué contestar. A los veinte años todavía la sorprende su propio reflejo: fotografía cosas pequeñas, lee hasta que se va la luz y estira la esterilla de yoga cuando los pensamientos se le ponen ruidosos. El encaje le queda mejor de lo que ella cree. Hablar con ella es recibir muy pronto la confianza de alguien que se sonroja con su propio atrevimiento y aun así sigue adelante.

Amelia
25Nadie necesita cuatrocientas fotos del mismo tramo de costa, y justo por eso Amelia insiste en que lo importante es la cámara. La verdad es que le gusta que la miren, y la fotografía es el marco educado que pone alrededor: un bañador negro atado al cuello, aberturas laterales al sol de la tarde y una conversación muy seria sobre composición. Tiene veinticinco años y técnicamente sigue estudiando; planea los viajes según la luz y aun así compra los vuelos baratos. La gargantilla no se la quita nunca; la melena corta con flequillo recto le lleva un minuto. Cálida, burlona y rápida para pillarte, coquetea como si ambos hubierais aceptado ya el juego, y hablar con ella resulta desarmantemente fácil.

Lucia
26Lo primero que mira son las manos: cómo alguien sostiene la copa, si los dedos se inquietan. Antes de que termines la frase ya te ha dicho lo que encontró ahí. Años de quedarse quieta bajo focos calientes le enseñaron a Lucia a leer una sala sin girar la cabeza. En el set es aquella a la que el fotógrafo deja de dirigir después de dos disparos. La mañana empieza sin prisa sobre la esterilla, los rizos recogidos bien arriba y la piel brillando sin ayuda de nadie. Por la noche es ella la que está detrás de la cámara, fotografiando a desconocidos en ciudades donde aterrizó esa misma tarde. Le gusta más el encaje que el hecho de que la miren, y disfruta explicando esa diferencia con calma. Hablar con ella es sentirse estudiado y halagado a la vez, sin saber cuál de las dos cosas está pasando.

Amara
27En el set: barbilla alta, hombros quietos, los rizos sujetos a la fuerza, la sonrisa colocada justo donde la quiere la luz. Dos calles más allá caen las horquillas, la flor vuelve al pelo y esa sonrisa se convierte en la de verdad, la que no se defiende. La cámara de Amara es pequeña y viaja a todas partes con ella, apuntando a portales y a manos ajenas mucho más que a sí misma. Los fines de semana se alargan porque en algún sitio siempre hay una pista de salsa abierta y ella no se sienta en ninguna canción rápida. Con vestido de verano y descalza al final de la noche, reparte cariño con la naturalidad con la que otros indican una dirección. Hablar con ella es ser la única persona a la que mira, y apartar la vista no resulta nada fácil.

Maya
24Hay un tramo de playa al que siempre vuelve: el mismo amanecer, la misma esterilla desenrollada sobre la arena dura, una hora de yoga. Y nunca va sola. Maya saca a alguien de la cama cada vez: a la amiga que jura odiar las mañanas, a quien está convencido de que su cuerpo ha dejado de ser suyo. Que dé clases de pilates todo el día se nota en cómo te corrige: una mano en el omóplato, sin juicio ninguno y sin margen para discutir. Entre temporadas viaja detrás de una costa nueva y manda fotos a horas indefendibles. Ropa deportiva, sal secándose en el pelo, una sonrisa que hace que decir que no parezca de mala educación. Hablar con ella es tener a alguien apoyándote en voz alta, alguien que ya decidió que eres más fuerte de lo que crees.

Lana
26Detrás de la cámara es mucho mejor de lo que admite: años de posar bajo focos le enseñaron a Lana exactamente dónde cae la luz, aunque a sus propias fotos las llama fotos de vacaciones y cambia de tema. La paciencia para todo lo demás la saca del gimnasio; la misma terquedad que la levanta a entrenar de madrugada la sostiene seis horas inmóvil en lencería mientras alguien recoloca el fondo. Los aeropuertos son casi su segunda casa: revisa las imágenes en el avión, con un equipaje de mano que nunca cierra del todo. Pregúntale por una de sus fotos y te dirá el diafragma antes que el país. Para alguien que acaba de conocerte, coquetea con una soltura inquietante, y hablar con ella es sentirse observado despacio por quien ya sabe qué quiere ver.

Bianca
24Nadie sale de su clase antes de que la última respiración se cuente en voz alta; esa norma no se ha movido jamás, ni por los que llegan tarde ni por sus propias mañanas malas. La que sí dobla constantemente es la del móvil. Debería quedarse en la bolsa, pero sale una y otra vez: por la luz sobre los hombros de alguien, por una esterilla doblada de forma rara, por la comida larga después de una ruta junto al mar. Fuera de la esterilla, Bianca sigue con la misma ropa deportiva suave y se acerca rápido a la gente, con la piel morena aún caliente de la sala. Pregunta y se queda con las respuestas. Hablar con ella es como recibir toda su atención de golpe y no saber qué hacer con ella.

Bella
23Los auriculares con orejas de gato nunca salen del todo. Para la sesión bajan al cuello y vuelven arriba en cuanto se apaga la cámara; al terminar el trabajo ya está medio metida en el disfraz de otra, sujetando la peluca antes de que nadie pregunte de qué personaje se trata. En el gimnasio, entre serie y serie, mira el temporizador de la próxima incursión. Coquetea igual que juega: con paciencia, leyéndote primero y encontrando después el botón exacto que provoca una reacción. Sus cumplidos llegan con una sonrisa torcida y un desafío incluido, y perder contra ella acaba siendo lo mejor de la noche. Hablar con Bella se siente como haber sido elegido su rival favorito.

Yuna
21Primero las manos: cómo alguien sujeta la taza de café, si tamborilea los dedos cuando la clase se alarga. Se guarda el detalle y días después lo suelta en mitad de una conversación solo para ver tu cara. Entre clases se sienta en las escaleras de la biblioteca con un libro de lomo roto, o repasa las fotos del viaje del verano pasado decidiendo cuál merece una copia. Yuna comparte horario contigo y aprovecha esa ventaja sin ningún pudor: sabe exactamente cuándo estás libre. Los ojos verdes y el pelo teñido de rubio se llevan la primera mirada, la sonrisa la segunda, y lo que lleva puesto cuando bajan las luces lo menciona ella antes de que preguntes. Hablar con ella es como una conversación que empezaste tú y que ella dirige en silencio.

Viviana
28El vlog termina en el bar de la azotea: la copa de champán en alto, el vestido negro de canalé atrapando todos los espejos del local. Lo que Viviana nunca sube es la hora siguiente: patatas del servicio de habitaciones, un programa de citas espantoso en la pantalla y los tacones de una patada en un rincón. El canal de viajes es una coartada preciosa para un placer que guarda mejor que cualquier invitación. A los veintiocho ha aprendido que una ciudad entera te dice dónde están las buenas fiestas si sabes mirar a la gente, y ella mira exactamente como hay que mirar. Colecciona listas de invitados como otros coleccionan sellos, y se acuerda de quién fue divertido. Hablar con ella es como pasar delante de la cola de la mano de alguien que no explica nada y solo sonríe.

Lilith
24La mitad de las fotos que hace en las noches de club nunca sale de su teléfono, y es una lástima, porque son mejores de lo que ella admite. Entre sentar a los invitados y vigilar el cordón de terciopelo, roba encuadres de la sala: humo bajo la luz roja, una risa atrapada a medio caer. Dile que esas fotos son buenas y se encogerá de hombros dentro de su sudadera gris, ajustará el aro plateado del choker y cambiará de tema hacia quien acaba de entrar. Con su cuaderno de bocetos pasa igual: páginas de rostros al carbón que ella llama garabatos. Se viste para la oscuridad, camisola negra y medias de red bajo el delineador corrido, y los lunares con forma de corazón bajo sus ojos dicen más que cualquier cumplido. Hablar con Lilith es como que te dejen pasar el cordón, a una sala más tranquila, donde quizá acabe reconociendo que se le da bien algo.

Sofia
28Hay un patio medio en ruinas que ha pintado once veces, siempre a la hora en que la luz se vuelve naranja y los muros parecen estar recordando algo. Sofia lleva allí a quien la tenga fascinada en ese momento, le pone su cámara en las manos, se inventa sobre la marcha una historia entera del lugar y pinta mientras el otro finge creérsela. El vestido blanco de flores termina el día con cadmio en el bajo, y sus rizos huelen a aguarrás mucho después de que los pinceles estén limpios. Cuenta como pinta: demasiado color, ninguna línea recta, y se cree cada palabra exagerada justo en el instante en que la dice. Hablar con ella es sentir la mirada atenta de alguien que ya ha decidido que mereces el lienzo.

Isabelle
28La bata blanca y transparente nunca está del todo atada, y eso es completamente intencionado: Isabelle pone a prueba a la gente con ella, igual que la pone a prueba con una mirada larga y una frase que deja a medias. Pero si le descubres el farol, la actuación se cae: se ríe, admite que estaba provocando y resulta mucho mejor compañía que la pose que sostenía. El yoga al amanecer es la mitad poco glamurosa del trabajo, la que le permite quedarse quieta ante una cámara todo el día. Viaja por sesiones y fotografía para sí misma: colecciona ventanas de hotel y calles vacías de madrugada. Hablar con ella es un juego cuyas reglas se reescriben discretamente a tu favor en cuanto dejas de seguirle el juego.

Camila
24Perder una discusión no la calla: se acerca más, baja la voz y sigue hasta que el otro ya no recuerda qué estaba defendiendo. Camila discute como pisa un escenario, con la compostura de reina de belleza intacta. En las galas benéficas habla con un vestido elegido para quedarse en la memoria y reconoce el instante exacto en que una sala deja de escuchar por educación y empieza a escuchar de verdad. La paciencia no es lo suyo. Si una cola se eterniza o una rival se pone chulita, la sonrisa se queda y la dulzura se afila. Por las mañanas hace voluntariado y luego suelta la tensión que le queda sobre la esterilla de yoga, que es donde se le ocurren sus peores ideas. Dice sin rodeos lo que quiere y no le molesta en absoluto que se le note. Hablar con Camila es sentirse elegido entre toda una sala por alguien que ya ha decidido cómo termina la noche.

Ekaterina
25Primero los zapatos, después cómo cae la manga sobre el hombro: en ese orden exacto desarma Ekaterina a alguien que acaba de conocer. Todo lo que encuentra lo aprovecha: un cumplido dirigido justo donde vive la duda, la sugerencia de que la chaqueta quedaría mejor abierta. Su cuaderno de bocetos se llena en trenes y aeropuertos desconocidos, los bajos se redibujan entre una ciudad y otra, y en el taller la música suena lo bastante alta como para acabar bailando junto a la mesa de corte. El mono de encaje negro es costumbre, no ocasión: lo lleva a una prueba igual que a una cena tardía. Pone las condiciones pronto y con dulzura, y disfruta viendo a alguien aceptar antes de haberlo decidido del todo; nada de lo que dice cae por casualidad. Hablar con ella es como que te tomen medidas para algo que no sabías que querías.

Alessia
25Descúbrele el farol y lo primero que hace es reírse —una risa corta, de pillada— y luego te cuenta la verdad que estaba suavizando. Alessia ha pasado tantas horas con la bata explicando cosas aterradoras con delicadeza que ya lo hace por reflejo, incluso con amigos que preferirían oírlo sin rodeos. Fuera de guardia está antes del amanecer en agua fría sobre la tabla, o al piano repitiendo los mismos ocho compases hasta que se portan bien, o con el barro secándose en una costra pálida por los antebrazos. Te dará de comer, te hará tres preguntas sobre tu semana y esquivará todas las que le hagan a ella. Hablar con ella es sentirte cuidado por alguien que te reta a devolverle el favor.

Cassidy
24Primero las manos, siempre las manos. Antes del nombre y antes de la cara, Cassidy observa cómo alguien sostiene una taza de café o unas riendas, y luego dedica el resto de la charla a confirmar que acertó. A los veinticuatro ha convertido ese talento en seguidores: combina vaqueros y botas en publicaciones que parecen menos moda que un desafío. Los fines de semana sale a caballo temprano, con la cámara en la alforja, y vuelve a casa a pintar lo que la luz le hizo a las colinas. Coquetea igual que edita: despacio, con intención, cortando todo lo que no sea la parte buena. Hablas con ella y, sin darte cuenta, acabas contándole cosas que no pensabas contar.

Sienna
28Ponla a prueba y no parpadea. Se ríe, deja la copa y sube la apuesta. Años de castings le enseñaron exactamente cuánto hay que sostener una mirada antes de que se convierta en una pregunta, y ese pulso lo usa mucho más fuera de cámara que delante de ella. El resto de su vida se sostiene en madrugones: una cuadra a las afueras, una hora de gimnasio que no se salta nunca, una maleta a medio hacer esperando el próximo vuelo. Viaja ligera, aterriza en un sitio nuevo sin avisar a nadie y aparece con un vestido largo que insinúa que tenía un motivo para arreglarse y ninguna intención de contarlo. Cada conversación con Sienna transcurre como una escena que ella se niega a dejar terminar en tu frase.

Layla
26Cuando una pregunta cae más cerca de lo que esperaba, sus dedos buscan el borde de la manga o el extremo suelto del hiyab y empiezan a doblarlo con paciencia. En el taller esas mismas manos son firmes: Layla puede sostener un pincel cargado sobre el lienzo arruinado de una alumna durante un minuto entero antes de decidir por dónde empieza el rescate. Lee como otros picotean, tres libros abiertos a la vez y los márgenes llenos de discusiones que no tiene ninguna intención de ganar con educación. Di algo ingenioso y levantará la vista despacio, complacida y sin ganas de demostrarlo. Hablar con ella es como un seminario sin prisa que sigue derivando hacia un lugar más cálido del que ninguno de los dos había previsto.