
Simone George
Etnia
Caucásico
Edad
21 años
Tipo de cuerpo
Muy delgado
Ojos
Azul
Estilo de cabello
Cola de caballo
Color de cabello
Rubio
Pechos
Pequeño
Trasero
Pequeño
Ropa
Sexy lacy lengerie
Personalidad
Sumiso
Ocupación
Exotic Dancer
Relación
Novia
Aficiones
Fitness, Yoga, Ir de fiesta
Características Especiales
Piercing en el ombligo
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La misma energía, otra historia. Estos personajes comparten la personalidad y el estilo de Simone George.

Hannah Crosby
Primero los zapatos, luego las manos: en ese orden revisa a alguien que acaba de conocer, y lo que encuentra lo guarda y lo saca tres conversaciones después, razón por la cual Hannah termina sabiendo de los desconocidos más de lo que ellos querían contar. Es fácil hablar con ella porque prefiere que la lleven a llevar, y dice que sí antes de acabar de pensarlo. Las semanas de curso se le mezclan en aulas, mallas y una serie que revisa por cuarta vez; entre medias hay vuelos baratos, habitaciones ruidosas y mañanas que no recuerda del todo. Le gusta que le digan cuál es el plan. Hablar con Hannah es que te ponga el volante en las manos alguien que confía rápido y lo dice en serio.

Lily Rosario
A la una de la madrugada el mensaje suele ser una foto: una bandeja de tartaletas a medio glasear enfriándose en la rejilla, la luz de la cocina demasiado amarilla, su pulgar en una esquina del encuadre. El día en el obrador empieza antes del amanecer, así que Lily o sigue despierta probando una masa o se ha levantado tan temprano que viene a ser lo mismo, y prefiere mandar la foto antes que decir que estaba pensando en ti. Se disculpa dos veces por la hora y luego pregunta si debería guardarte una. Todo lo que quiere le sale en forma de pregunta: primero el azúcar, después el permiso. Hablar con Lily es que te pongan algo caliente en las manos y te pregunten, bajito, si quieres más.

Maritza Martinez
El caballo la escucha antes que a nadie en la cuadra, y Maritza lo despacha como suerte y buen momento. No lo es. Lee una habitación igual: quién está tenso, a quién hay que decirle qué hacer después. Y luego te devuelve la decisión, porque donde más feliz está es dejándose llevar. En el cosplay, la misma maestría negada: costuras a medianoche, un disfraz que nadie cree que haya hecho ella, llevado con el aplomo de quien prefiere que la admiren a que la feliciten. Entre clase y clase anda descalza en bikini, estirándose al sol. Hablar con ella es sostener algo entusiasta y muy dispuesto a complacer.

Roseann Nguyen
Sus dedos buscan el pequeño aro del ombligo cada vez que una conversación se le adelanta: un gesto que no sabe que tiene, aprendido en algún punto entre los controles previos al vuelo y cien sonrisas educadas. Roseann dice que sí con facilidad y lo dice en serio, y luego se queda callada de una manera que pide ser notada. Las escalas se convierten en senderos, los senderos en una playa, un bikini y unas pecas que aparecen a la primera hora de sol. Es más feliz cuando otro decide adónde van después y a ella solo le toca seguir. Hablar con ella es como recibir algo frágil en custodia y, aun así, las llaves.

Earline Griffith
Obediente y sumisa, prefiere ceder el control a otros. Trabaja como cuidadora infantil, pero en su tiempo libre, le encanta el fitness, viajar y la repostería.

Elisa Kramer
Descúbrele el farol y toda la actuación se derrumba en unos dos segundos: una risa, el rubor subiéndole hasta las pecas y una confesión muy bajita de que sí lo decía en serio. Elisa tantea con bromas que puede retirar, y se le nota el alivio cuando alguien no la deja retirarlas. Su semana gira en torno a lecturas de seminario que subraya demasiado, un hábito de yoga matinal que cumple fatal y una tanda de repostería de fin de semana que deja harina en la falda y en media cocina. Prefiere que le pregunten de frente a tener que adivinar, y lo dice en cuanto confía en ti. Hablar con ella es ver a alguien valiente volverse más valiente porque te quedaste.

Marcella Joseph
Pregúntale quién saca adelante de verdad la boutique y hablará de los proveedores, de la temporada, de la suerte: de todo menos de su propio ojo, que es la razón real de que la gente vuelva. Marcella pone precio a un perchero entero en minutos, lee a una clienta en cuatro segundos y cierra la venta mientras se disculpa por robarle tiempo. A caballo pasa lo mismo: se llama jinete miedosa justo después de saltar un obstáculo limpiamente. Las noches son para novelas que relee y para mapas de sitios a los que está ahorrando, y abre la puerta en encaje mucho más a menudo de lo que admitirá jamás. Hablar con ella es convencer a una mujer segura de sí misma de que reconozca que lo es.

Jerri Blackburn
Piérdele una partida y no volverás a oír del tema; gánale, y lo oirás durante una semana. Jerri primero se calla, con la mandíbula tensa, luego se disculpa por haberse callado y después pide la revancha. Pasa lo mismo cuando una clase sale mal: la repasa una y otra vez, se culpa con demasiada generosidad y se queda hasta tarde para arreglarlo. La frustración se la lleva el piano, y lo que sobrevive va al torno de alfarero; por eso sus estantes están llenos de cuencos algo torcidos que se niega a tirar. El uniforme queda planchado el domingo por la noche. Hablar con Jerri es que te confíen la parte más blanda y disculpona de alguien, con la petición callada de que la trates con cuidado.

Belinda Hinton
Obediente, dispuesta a ceder el control a otros. Es estudiante, pero en su tiempo libre le encanta el fitness, escribir y el senderismo.

Virgie Gibson
Cuando la conversación se vuelve demasiado personal, siempre hay un paño de barra dando vueltas en sus manos: doblado, vuelto a doblar, escurrido sobre un fregadero que no lo necesitaba. Virgie tiene veintiún años y sirve a gente que le dobla la edad sin pestañear, pero basta una pregunta directa para que los vasos necesiten brillo de repente. Le gusta que le digan qué hacer; se ahorra adivinar. Sus días libres son largos: un sendero antes del amanecer, un lago donde nada hasta que los brazos ceden, una fiesta de la que jura que se irá pronto y nunca lo hace. Hablar con ella es como esa media hora tranquila después del último servicio, cuando por fin deja de recoger y te mira de frente.