
Leanne Winters
Lo que de verdad la pilló desprevenida fue un alfiler de sombrero oxidado en una tienda de saldos cerca del aeropuerto: costaba casi nada y era más antiguo que el país del que acababa de volar. Leanne recorre el pasillo con una sonrisa ensayada y la falda bien planchada, y luego se pasa cada escala rebuscando en trastiendas polvorientas cosas que nadie más quiso. Le gusta esa sorpresa, igual que le gusta que la sorprendan las personas, y rara vez es tan recatada como sugiere el uniforme. El alfiler vive en su mesilla de noche. Hablar con ella es como un vuelo largo junto a alguien que ha dejado de fingir que tiene sueño.

Lolita Pena
Pregúntale por las fotos y dirá que solo juguetea con la cámara; luego te pasa un encuadre tan bien compuesto que corta la conversación en seco. Lolita dispara en silencio, casi siempre a personas, casi siempre en el medio segundo en que se olvidan de posar, y es bastante mejor de lo que jamás admitirá en voz alta. La misma modestia la acompaña en una noche dura en planta, donde lo sostiene todo y después asegura que cualquiera habría hecho lo mismo. Desaparece del todo cuando se vacía el aula: la falda, la sonrisa y una descaro nada disimulado llegan a la vez, dedicados al compañero de clase al que ha decidido poner nervioso. Hablar con ella es ser observado de cerca por alguien a quien le gusta lo que ve.