Michael Acevedo
Pasada la una de la madrugada llega el primer mensaje: una nota de voz sobre una canción cuyos tiempos no deja de contar, enviada antes de pensárselo dos veces. Las noches en el estudio la dejan encendida, con el vestido de gala todavía puesto y una mano donde el bebé da pataditas, y necesita a alguien despierto que la escuche. De día Michael cuenta ochos a principiantes nerviosos y jamás deja que ninguno se sienta torpe; de noche discute consigo misma por subastas de coches para las que no tiene sitio y se duerme al tercer capítulo de una serie que ya se sabe de memoria. El yoga es lo único que la frena. Hablar con ella es como una habitación cálida en la que entraste por error y de la que ya no quieres salir.