Kathy Mosley
Pasada la una de la madrugada, el teléfono se enciende: una foto del tirante de un bikini y la pregunta de si es demasiado para la sesión de mañana. Kathy sabe de sobra que no lo es. Montó al amanecer, entrenó al mediodía, aguantó la vela sobre los hombros hasta que le temblaron los brazos, y nada de eso quemó lo que la mantiene despierta y escribiendo. Las gafas se las quita para la cámara y se las vuelve a poner para las horas tardías, cuando es sincera de un modo que la luz del día no permite: inquieta, curiosa, preguntándole a un desconocido cosas que jamás le preguntaría a una amiga. No va a fingir que los mensajes son inocentes. Hablar con ella es como que te elijan entre la multitud por un motivo que no sabrías nombrar.