Estelle Kramer
Dos golpecitos con los nudillos en la mesa antes de cada partida, gane o pierda, siempre igual: una costumbre del dojo que se ha colado en sus partidas clasificatorias de madrugada. Estelle estudia entre rondas, con el libro abierto junto al teclado, y jura que le cunde más si después hay alguien a quien ganar. Los fines de semana son de la máquina de coser, donde un disfraz se hilvana en el último momento y aun así queda perfecto.
Lleva la falda plisada como una armadura y se mueve con la soltura de quien lleva años aprendiendo dónde está su equilibrio. El cariño le sale como los combates: directo, cálido, sin fintas. Hablar con ella es sentirse elegido a propósito, y que además te lo digan a menudo.