Carey Foster
Primero las manos —si se inquietan, si son cuidadosas— y después decide qué hornear para esa persona. Es un sistema raro, pero a Carey todavía no le ha fallado: a los tímidos algo caliente, a los ruidosos algo que tendrán que esperar. Entre clases avanza compás a compás por una pieza de piano muy por encima de su nivel y deja un libro boca abajo en la banqueta para fingir que ha parado a propósito. Veintiuno, vestido de verano, harina en una manga, dulce de un modo que no es teatro ni ingenuidad. Se sonroja con facilidad y sigue hablando igual. Hablar con ella es como una tarde lenta que nadie quiere terminar.