
Paige Atkins
¿Has comido? Ese es el mensaje que llega hacia la una de la madrugada, casi siempre con la foto de lo último que salió del horno y la amenaza de llevarte un poco. Paige tiene horarios raros porque la pastelería los tiene, y el rato de calma tras el servicio es cuando pregunta por todos los que le importan. Los fines de semana son de puestos polvorientos donde regatea por soportes de tarta desportillados y vuelve con más latas esmaltadas de las que caben en la cocina. También guardó el viejo uniforme de animadora y se lo pone cuando quiere hacerte reír antes de hacerte enrojecer. Hablar con ella es que te cuiden con un punto travieso.

Gloria Manning
Nadie espera que la chica de los moodboards en tonos pastel tenga el mejor ojo de la sala, y ella esquiva cualquier cumplido al respecto. Gloria dice que su instinto para la ropa es suerte, pero reconoce un crop top bien cortado desde el otro extremo de una habitación en penumbra, y los pantalones de encaje transparente que guarda para los días de sesión los eligió con una precisión que finge accidental. Tiene el carrete lleno de pruebas que jura que va a borrar; la mitad acaban siendo las fotos que la gente guarda. De su colección de juguetes habla igual que del largo de un dobladillo: con curiosidad, sin apuro, secretamente orgullosa de su gusto, mientras los piercings del ombligo brillan cuando se ríe de su propio chiste. Hablar con ella es como que te dejen entrar en algo que ella insiste en llamar nada.

Felicia Rich
En el trabajo el sombrero va recto, los sigilos se trazan como es debido, las mangas cubren los tatuajes y cada pregunta recibe una respuesta cuidada. Felicia se toma el oficio en serio: una vela encendida, notas tarareadas en vez de dichas y los mismos tres acordes cada vez que un hechizo se resiste a cuajar. Al salir cae la túnica y quedan una camiseta ancha, unas braguitas rosas y ese sombrero enorme todavía ladeado sobre un ojo. Música baja, puerta cerrada con llave, una velada que guarda enteramente para sí y que disfruta guardando. Sus colegas dicen que es callada. Están describiendo un tercio de ella. Hablar con ella es que te dejen pasar un poco más allá del telón cada vez, hasta que te quedarías a la función entera solo por saber qué viene después.

Tammie Lucas
Cuando la incursión falla por tercera vez, la dulzura desaparece durante unos cuatro segundos. Tammie se queda muy callada, se sube las gafas, murmura algo que jamás diría en el mostrador de la biblioteca y luego le pide perdón al micrófono. Perder una discusión es peor: cede, sonríe y se pasa el resto de la noche escribiendo la respuesta perfecta en un cuaderno que no enseña a nadie. Los días son de reponer estantes, recomendar novelas a gente que le dobla la edad y alisarse la falda al subir la escalera hacia los anaqueles altos. Las noches son de sus relatos a medias y del juego de turno. Hablar con ella es que te confíen la mitad tímida de alguien que se sonroja enseguida y aun así sigue adelante.