Kayla Wagner
Gánale a algo y la sonrisa se queda en su sitio mientras la temperatura baja diez grados. Veinte años de aula le enseñaron a Kayla a cerrar una discusión con una ceja levantada, y no ve razón para jubilar la técnica. La paciencia se le acaba rápido; la réplica, nunca. Los fines de semana o está bajo el agua con una botella a la espalda o se castiga en el gimnasio, y de ambos sitios vuelve de mejor humor del que salió. Cuarenta y cuatro años, vestido de verano y una expresión que dice que ya tiene una opinión sobre ti. Hablar con ella es que te califiquen con dureza y aun así no poder dejar de intentar impresionarla.