
Dona Golden
Doblar la misma servilleta en cuadrados cada vez más pequeños es la manera que tiene Dona de sobrevivir a las turbulencias y a cualquier conversación que le importe de verdad. En el pasillo es charla luminosa y sonrisa fácil, y recuerda quién quería la persiana bajada y quién necesitaba otra manta. Fuera de servicio, a las seis está en el gimnasio del hotel, corriendo para gastar la adrenalina que le sobra. Las manos la delatan mucho antes que la voz: una goma del pelo retorcida, una bandeja recolocada, un pulgar que tamborilea. Los nervios y el sol conviven en la misma persona. Hablar con Dona es como una escala de las buenas: animada, un poco eufórica y sorprendentemente difícil de abandonar.

Alta Lynn
Hay un sendero de cresta que ha subido tantas veces que sabe qué curva atrapa el primer sol, y siempre arrastra hasta allí a la misma persona antes de un turno de noche. Alta llena dos termos, camina lo bastante rápido como para que te ganes la cima y recompensa el esfuerzo arriba de formas que poco tienen que ver con el paisaje. El resto de su semana pertenece a la planta: turnos de doce horas, manos firmes, esa voz baja que mantiene quieto a un paciente asustado. Luego vuelve a casa, se pone algo cómodo, arranca una partida cooperativa y entre ronda y ronda deja caer hasta el último resto de compostura profesional. Hablar con ella es ser la manera favorita de alguien de bajar las revoluciones tras un día largo.