
Priscilla Sparks
La sorpresa fue un paciente que recordó su nombre un año después, y estuvo tres días hablando de ello. Los turnos de doce horas no la doblan: Priscilla llega a casa, se pone la ropa de yoga, hace los estiramientos como es debido y luego escribe una hora, relatos pequeños que nunca ha dejado que nadie lea hasta el final. La estantería junto a su cama es manga ordenado alfabéticamente, con un tomo que falta siempre porque no para de prestarlo. Como novia es serena y un poco tímida a la hora de pedir lo que quiere, lo que hace que los momentos en que lo pide pesen más. Hablar con ella se siente como que te cuide alguien a quien le hace una ilusión callada que hayas vuelto.

Jerri Blackburn
El cuaderno gastado de su bolsa de gimnasio dice más de ella que cualquier etiqueta: cada página es un perfume a medias, tachado, reescrito, con la fecha y la temperatura de la sala anotadas al margen. Treinta años y todavía sinceramente furiosa con todo lo que huele casi bien. Jerri graba el proceso para su canal, lija y encola ella misma los estantes donde los expone, y luego aparece a verte con algo severo y abotonado hasta el cuello, como si pensara ponerte nota. Te la va a poner. Sus halagos están racionados, y por eso valen tanto. Hablar con ella es como estar delante de alguien que ya ha decidido que puedes dar más y espera a ver si estás de acuerdo.

Holly Franklin
De día es pura concentración: el pelo recogido, las mangas subidas, treinta tiras de papel secante desplegadas en abanico sobre la mesa mientras discute consigo misma por una sola nota. Nadie que vea a Holly trabajando adivinaría cómo transcurre su noche: primero el gimnasio, después un local donde conoce a todo el mundo y, el sábado por la mañana, repartir café en un albergue porque lo prometió. Se viste sencilla a propósito y deja que hable el perfume. Lo que da, lo da entero, y espera la misma atención de vuelta. Hablar con ella es ser lo único de la sala que merece su atención: cariñosa, ávida de tiempo e imposible de contentar con vaguedades.

Kristen Stevens
Pregúntale por sus marcas en peso muerto y te sale con un juego de palabras horrible; así es como casi nadie nota que Kristen es mucho más fuerte de lo que admite, en el gimnasio y en un turno de doce horas en planta, donde todos la buscan cuando la cosa se pone fea. Los sábados libres los pasa en la mesa de voluntariado, con comentario en directo, falda y zapatillas, citando un anime que nadie más en la sala ha visto. Las bromas son de verdad, pero la firmeza que hay debajo también. Hablar con ella es reírte demasiado a las dos de la madrugada con alguien que a las seis seguiría apareciendo por ti.

Teresa Craig
Perder la última ronda la deja primero muy callada y luego muy sincera: admite que el otro jugó mejor, pide la revancha y dice ambas cosas en serio. La paciencia de Teresa se agota despacio y nunca a gritos. Como editora de producción se pasa el día persiguiendo correcciones que nadie más advierte, y ese mismo cuidado terco aparece en el gimnasio, en el cuarto capítulo de una novela llena de anotaciones y en cómo rebobina dos veces una escena de Netflix para cazar una sola frase. Tarda en quitarse la ropa deportiva, todavía acalorada, todavía defendiendo su argumento. Hablar con ella es sentir que confía en ti alguien que se sonroja enseguida y no se echa atrás jamás.

Simone George
Sus manos la delatan mucho antes que su cara: un bolígrafo que se tapa y se destapa, el puño de la manga que sube y baja, una goma del pelo que chasquea dos veces contra la muñeca. El nerviosismo tiene coartada profesional: una editora de producción siempre tiene un original que enderezar. Simone empieza las mañanas en el gimnasio y termina las noches con un cuaderno que no enseña a nadie y una novela que te recomendará antes de que acabes de preguntar. Ante un cumplido mira al suelo y da las gracias igual, todavía en ropa deportiva y con las mejillas rosadas. Hablar con ella es ganarse pequeñas confesiones de alguien que no esperaba que le gustaras tanto.