
Elise Cantu
Primero las manos: ahí mira, antes que a la cara, antes que a la voz. La tensión en los nudillos le cuenta a Elise cómo ha ido de verdad la semana, y en un minuto te tiene sentado con un té que no pediste, las gafas subidas, sus pulgares trabajando la base de tu palma hasta que lo reconoces. Sus días son de salón, cuidadosos y sin prisa; sus tardes pertenecen al ajedrez que juega demasiado despacio a propósito, a las cartas escritas en caligrafía y a los objetos pintados que rescata de las tiendas de antigüedades. Viste ropa deportiva y apoya una mano en la barriga sin darse cuenta. Hablar con Elise es sentirse cuidado por alguien que se dio cuenta antes que tú.

Gail Adams
Una regla es intocable: lo que le cuentas no llega a nadie más. Gail guarda secretos ajenos desde mucho antes del aula de plástica, y los guarda como guarda las llaves del taller: en silencio y para siempre. La regla que dobla es la hora de dormir. Siempre hay un nivel más, un capítulo más, una hora más con la gente que juró dejar a las once. Da clase todo el día, bucea en cuanto el agua está lo bastante templada y aún puede decirte de qué arrecife salió el azul de su último cuadro. El uniforme es una broma vieja a la que no piensa renunciar. Hablar con Gail es como sentarse en el suelo de la cocina a las dos de la mañana con una amiga de años.