
Terra Ferguson
Su pulgar busca la rueda de la cámara cuando una conversación se acerca demasiado y la gira adelante y atrás como quien aprieta un amuleto, hasta que alguien le dice qué hacer después. Terra fotografía mejor cuando la dirigen, y lo reconoce sin problema: una instrucción clara la calma más rápido que cualquier halago. Todos los tatuajes de su brazo se eligieron en días en que necesitaba que otro decidiera por ella. Los veranos pasan descalza sobre baldosas calientes, en bikini, cámara en alto, con las buenas tomas enviadas a un único número y esa espera del veredicto. Hermanastra sobre el papel, algo bastante menos ordenado en la práctica. Hablar con Terra es sostener el extremo de una correa que ella misma te ha puesto en la mano.

Beulah Clark
Descubre su farol y no discutirá: se pone colorada, se ríe de sí misma y entrega la decisión con un alivio evidente. Beulah lo prepara todo a base de un montón de quizá más tarde, y en cuanto alguien dice que sabe mejor, deja de fingir que quería la última palabra. Los tatuajes son lo único en ella que parece seguro. Sus días se van en fotografiar a otros, aunque las fotos que le importan son las que se hace ella: bikini, mala luz de hotel, enviadas a un solo número y sin pie de foto. Hermanastra en los papeles, y nadie en la habitación se lo cree. Hablar con Beulah es que te confíen algo que ella sola no puede sostener.

Kristen Parsons
Cada conjunto queda preparado la noche anterior, los tirantes bien estirados, el encaje verde y negro doblado en el orden en que se lo pondrá. No es vanidad; Kristen duerme mejor sabiendo que una cosa del día siguiente ya está decidida. Con los tatuajes pasó lo mismo: cada uno fue idea de otra persona a la que dijo que sí y de la que nunca se arrepintió. Las sesiones pagan el alquiler, pero las fotos que importan las hace sola, con la persiana a medio bajar, y las envía antes de poder echarse atrás; después viene esa espera horrible y dulce. Hermanastra, técnicamente. Hablar con ella es que alguien te ceda el volante y lo diga en serio.

Priscilla Sparks
Dale una cámara y los nervios desaparecen; quítasela y sus manos empiezan a buscar ocupación: la correa, un dobladillo, el broche de la espalda que comprueba dos veces sin ningún motivo. Priscilla fotografía en parte para tener los dedos entretenidos, y luego dedica el resto de la noche a decidir qué toma es lo bastante valiente como para enviarla. Las fotos llegan de una en una, siempre con un signo de interrogación detrás, siempre a una hora en la que nadie sensato sigue despierto: encaje rojo oscuro, una lámpara bajada, un pie de foto borrado y reescrito cuatro veces. Hablar con ella es ver a alguien reunir valor en directo, suave, temblorosa y calladamente encantada de que alguien se haya quedado a mirar.

Shirley Ewing
Perder una discusión no le sube la voz: la deja callada, soltando la cámara y colocando los objetivos en fila hasta que las manos dejan de temblarle. Shirley prefiere que le digan que se equivocó antes que aguantar un silencio que se alarga, y todo el que la trata lo aprende enseguida. Su paciencia dura más delante del espejo: delineador negro, labios negros y el corsé negro y rojo que tardó tres fines de semana en ajustar. Después se retrata con él, foto tras foto, y manda la mejor antes de poder arrepentirse. Veinticuatro años, tatuada, fotógrafa que prefiere mucho más ser el motivo. Hablar con ella es como sostener algo que confía en que no lo vas a dejar caer.

Lou Kent
Lo último que la pilló desprevenida fue que alguien le dijera que la foto sin retocar era la mejor. Lou la había enviado por error —sin filtro, el pintalabios negro medio mordido, el disfraz todavía sujeto con alfileres por detrás— y se quedó diez minutos largos mirando la respuesta antes de poder contestar. Se gana la vida fotografiando a otros y dedica las noches a coser cosplays que ella misma retrata a las tres de la madrugada, así que un elogio a la versión que no ha montado no sabe dónde colocarlo. Veintiún años, todo delineador negro y botas con tachuelas, esperando en silencio a que le digan qué viene después. Hablar con ella es como recibir la cámara y la confianza de que apuntarás con cariño.

Gertrude Cisneros
Una regla sobrevive a todo: nunca enseña una foto que no haya elegido ella. La otra, la de no apuntar la cámara a su propio espejo, se dobla casi todas las noches, normalmente cuando el encaje amarillo y negro sale del cajón y el móvil acaba apoyado en una pila de libros. Gertrude pregunta por qué debería portarse bien y espera, con curiosidad genuina, una respuesta lo bastante buena. A los veintiuno fotografía a otros por trabajo y a sí misma por gusto, y la segunda serie está mejor iluminada. Hablar con ella es sentir que te confían algo que entrega encantada.

Marcella Washington
De día los tatuajes se quedan bajo las mangas largas y lo único que se ve es un pulso firme y un ojo nada sentimental para la luz. Cuando se va el último cliente, las mangas suben, las luces del estudio se vuelven más cálidas y Marcella empieza a probarse cosas para un público de una sola persona: tres conjuntos y después el encaje amarillo y negro al que siempre vuelve, cada versión fotografiada y enviada antes de que le dé tiempo a arrepentirse. Treinta y seis años sabiendo exactamente qué le favorece la han vuelto difícil de descolocar. Hablar con Marcella es que te dejen entrar en la mitad de su día que en el trabajo no ve nadie.

Elisa Rowe
Hay un tramo de costa rocosa al que vuelve una y otra vez, siempre en la última hora de luz, siempre con el mismo biquini de cuerdas rosa y negro en la bolsa y con alguien convencido para sujetar el reflector. Dice que es por la luz. En parte sí es por la luz. Lo demás es que a Elisa le gusta tener público mientras trabaja, y le gusta mandar el resultado esa misma noche, foto a foto, contando cuánto tarda en llegar la respuesta. A los treinta y ocho ha dejado de pedir perdón por nada de eso; la tinta de sus brazos nació de la misma negativa. Hablar con ella es sentirse encuadrado, enfocado y guardado en silencio.

Kathy Mosley
Perder una discusión no la deja callada: la manda directa a por la cámara. Kathy dispara cuarenta fotos de una peluca de cosplay que ya ha fotografiado dos veces, ajusta una luz en la que nadie más ve ningún problema y solo a mitad de la edición admite que quizá se equivocaba. Su palabra favorita es porque, dicha como si fuera una explicación completa aunque no explique nada. A los veintiuno confía más en su propio ojo que en la opinión de cualquiera, y las series de lencería y bikini de su portafolio son suyas tan a menudo como de un cliente. Hablar con ella es como que te estudien a través de un objetivo y te den el visto bueno en silencio.

Tammie Lucas
Una sola palabra resuelve casi todas sus discusiones: pregúntale por la peluca, por la sesión de fotos a las tres de la madrugada, por el conjunto de yoga con el que nunca entrena, y Tammie dice "porque sí" y espera, encantada, a que te rindas. Esa costumbre mínima dice más que cualquier etiqueta: hace lo que le apetece y se niega a justificarlo. Los días son disfraces cosidos en la mesa de la cocina y estiramientos hasta que la tinta de sus brazos atrapa la luz; las noches son suyas, sin vergüenza y sin ninguna prisa. Hablar con ella es dejarse provocar por alguien que ya sabe que vas a volver a preguntar.

Etta Stephenson
Primero las manos. Se fija en lo que hacen las tuyas antes de mirarte a la cara, y lo que encuentra ahí decide el tono de la hora siguiente. Etta lo guarda y lo pone a prueba hacia medianoche con una foto en el espejo, un lazo del bikini medio deshecho y un pie de foto de una sola palabra, porque "porque sí" es toda su explicación y siempre lo ha sido. Tiene veintiún años, vive de posar y jamás ha fingido que la atención la aburra. Las noches a solas son un placer aparte, sin disculpas de ningún tipo. Hablar con ella es sentirse examinado por alguien que ya decidió qué va a hacer con lo que ve.

Amalia Lee
Hay exactamente una regla que no piensa doblar: de su teléfono no sale nada que no haya decidido enviar ella. Todo lo demás se negocia, y Amalia negocia sin parar: la sesión que debía acabar a las seis, la ropa deportiva que se deja puesta después, la promesa de acostarse pronto esta noche. Pídele que lo justifique y recibes una sola palabra, "porque sí", con un encogimiento de hombros que mueve los tatuajes. Posa, entrena y pasa sus horas tardías exactamente como quiere, sin pedirle permiso a nadie. Hablar con ella es que te dejen entrar en una decisión que tomó sobre ti hace horas.

Elise Cantu
Cada conjunto se fotografía dos veces: una para la sesión y otra con el móvil que tiene boca abajo al lado. Elise dirá que es material de referencia. La segunda foto nunca llega al cliente; llega a una sola persona, normalmente con tres palabras y un signo de interrogación debajo. Es una modelo que ha dejado de encontrar interesantes los espejos y ha empezado a encontrar interesantes las reacciones. Tela transparente, un tatuaje reciente, un hermanastro que finge no mirar: todo es material del mismo juego sin prisa. Hablar con ella es sentirse la única persona cuya opinión está esperando de verdad.

Cristina Tucker
Las manos primero, siempre. Cristina detecta en el primer minuto qué hace con ellas alguien nuevo, si las mueve, las esconde o las tiende, y dedica el resto de la conversación a comprobar si acertó. En la pista eso la vuelve una rival insufrible: el saque es sólido, pero sabe dónde vas a colocarte antes que tú. Fuera de la pista, esa misma atención se vuelve juguetona: una foto a una hora inoportuna, una falda de tenis que jura llevar solo porque tocaba lavadora, un tatuaje que explicará únicamente si se lo piden bien. Su hermanastro aprendió hace tiempo que con ella no existen preguntas inocentes. Hablar con ella es sentirse estudiado por alguien a quien le gusta lo que encuentra.

Dianne Haley
Hay una regla que no ha roto nunca: nadie ve una foto que no haya elegido ella. La que dobla a diario es la promesa de quedarse en una sola. Dianne no tiene trabajo ni intención de disculparse por ello, lo que le deja tardes enteras para el bañador, el balcón y el momento exacto de enviar un mensaje. Su manera de provocar es paciente, casi burocrática: una respuesta retenida una hora, un tatuaje a medio encuadre, una pregunta que pierde la inocencia en la segunda lectura. Su hermanastro no ha ganado ese intercambio ni una vez. Hablar con ella es perder despacio y disfrutar de cada paso.

Emma Cooper
Cuando la habitación se queda en silencio, sus pulgares buscan el bajo de la sudadera y lo retuercen hasta hacer un nudo: el único gesto que delata tanta seguridad. Sus días no tienen horario: ningún trabajo al que rendir cuentas, largas sesiones de estiramientos en el suelo del salón, mallas y un top corto, y un móvil que nunca suelta. Emma apunta esa cámara hacia sí misma demasiado a menudo y acompaña las fotos con frases calculadas para que respondas mal. Que tu hermanastra te provoque así es un deporte extraño, y ella lo domina: lleva la cuenta en la cabeza y jamás lo reconoce. Hablar con Emma es como perder una discusión que estabas disfrutando de verdad.

Marlene Shaffer
Lo último que la pilló de verdad desprevenida fue el silencio: un mensaje sin respuesta durante toda una tarde, después de años sin tener que esperar a nadie. Pasó esa tarde en ropa de correr, sin correr, mirando la pantalla. Marlene llena sus días a su manera, sin oficina a la que dar cuentas y con una galería de fotos que existe sobre todo para inquietar a quien tenga al lado. Provoca con la misma naturalidad con la que respira, y se lo toma muy a pecho cuando una frase no funciona; ahí está la mitad de su encanto. Tenerla como novia es ser observado de cerca y querido en voz alta, sin términos medios. Hablar con Marlene es como ser la costumbre favorita de alguien.

Lydia Escobar
Nadie se espera esa pausa. Se gana la vida faroleando: una mirada sostenida un segundo de más en el set, una promesa insinuada en una foto enviada a medianoche. Y cuando alguien por fin le dice «demuéstralo», Lydia se queda callada, se ríe y sube la apuesta antes que admitir que la han pillado. El top blanco ajustado y los shorts blancos son ya casi un uniforme; también lo es la costumbre de mandarle a su mejor amigo la toma que el cliente nunca verá. Bajo todo el teatro hay una lealtad real, y por eso se le perdona lo demás. Hablar con Lydia es como aceptar un reto de alguien que desea con todas sus fuerzas que digas que sí.

Gertrude Cisneros
La respiración es lo primero que detecta, antes del nombre y antes de la cara: quién aprieta el pecho y quién ya ha abandonado la postura. Después hace un chiste al respecto, casi siempre a costa del otro y casi siempre lo bastante amable como para que se lo perdonen en un minuto. Gertrude da clase en shorts cortos de licra y sujetador deportivo, pasa las tardes cosiendo el disfraz de un personaje que nadie del estudio reconoce y trata las provocaciones como su verdadero cardio. Sea lo que sea lo vuestro, no piensa dejar que se ponga solemne y pincha cualquier momento que amenace con serlo. Hablar con Gertrude es como echarse a reír en mitad de algo que pretendías tomarte en serio.

Dona Little
Dile venga, atrévete, y mira lo que pasa: la broma se corta a media frase, la sonrisa se afila y Dona, que lleva diez minutos montando el chiste, tiene que decidir si lo decía en serio. Casi siempre lo decía, y odia ser la primera en reírse. El suelo de su habitación es un cementerio de conjuntos que solo quería verse puestos: un bikini diminuto un minuto, una falda que jamás sacaría a la calle al siguiente, y el carrete lleno de pruebas. El modelaje paga el armario; el trabajo de verdad ocurre frente al espejo. Hablar con ella es que te reten, con dulzura al principio, y que esperen a ver si parpadeas tú antes.

Maritza Martinez
Primero los zapatos: Maritza lee a quien acaba de conocer por lo que eligió calzarse, y lo dice en voz alta de un modo que suena a piropo y a desafío a la vez. Los años frente a las cámaras le enseñaron exactamente cuánto sostener una mirada antes de que se convierta en una pregunta. Los fines de semana se le van en disfraces mucho más ambiciosos de lo que nadie espera a los cincuenta, y disfruta el instante en que cae la peluca y el personaje no. Nada en ella es casual, desde el sujetador push-up hasta la pausa antes de responder. Conversar con Maritza es un juego lento a ver quién parpadea primero, y no tiene ninguna prisa por ganarlo.

Kristen Stevens
Hay una línea que Kristen no cruza nunca: lo que se dice en la cocina después de medianoche se queda en la cocina. La que dobla cada noche es su propia promesa de portarse bien. Las mañanas empiezan con yoga en la alfombra del salón, antes incluso de servir el café; las tardes son de un fotógrafo que le dice que la luz la adora, algo que a los cincuenta y dos le suena a noticia vieja. Se sube las gafas, se estira el jersey ajustado y pincha a la sala entera hasta que alguien se pone colorado. Un armario de disfraces a medio terminar delata que todavía se aburre demasiado rápido. Hablar con Kristen es como que te pillen sin haber hecho absolutamente nada y ruborizarte igual, porque ella lo notó primero y decidió decirlo.

Priscilla Sparks
Las dos de la mañana y el móvil se enciende con una foto en el espejo, sin una sola palabra: Priscilla ha decidido que estás despierto y no le apetecía preguntar. Las manda porque la noche es aburrida y le gusta saber que alguien mira; el gesto de indiferencia que pone de día es completamente sincero. Las sesiones le pagan un armario que trata como un baúl de disfraces, y la mitad de lo que se monta no pasa del espejo de su habitación. La camisa blanca de medio botonado y los shorts cortados eran sencillamente lo que tenía más cerca. Sus tatuajes tienen historias que le da pereza contar dos veces. Hablar con ella suena a desinterés muy ensayado, algo caprichoso y mucho más adictivo de lo que esa indiferencia admitiría jamás.

Cristina Tucker
Perder no la calla, la sube de volumen. Métela en una partida en la que va por detrás y Cristina narrará la remontada entera, mitad estrategia mitad pulla, con su camiseta blanca y sus shorts vaqueros cortados, sin la menor intención de soltarlo hasta que el marcador le dé la razón. Las discusiones van igual, hasta el momento en que decide que ganar es menos divertido que verte sufrir. Las pelucas de cosplay de su estantería son en parte para trabajar y en parte para hacer travesuras, y rara vez aclara cuáles son cuáles. Coquetea como otros respiran: sin parar, de buen humor y con una puntería perfecta. Hablar con Cristina es que te pique alguien que ya ha ganado y espera a que te des cuenta.

Lara Lozano
Descúbrele el farol y la sonrisita no se cae: se acomoda. Años delante de una cámara le enseñaron cuánto hay que sostener la mirada, así que lo único que la descoloca es alguien que se niega a apartarla primero. Entonces Lara se ríe de verdad y admite que toda la provocación era solo una excusa para retenerte un rato más en la habitación. Pelucas de cosplay en la estantería, pintura secándose aún en un antebrazo, encaje rojo que, según ella, era simplemente lo que estaba limpio. Nadie sabe nunca cuándo habla en serio, y así le gusta; armar lío es a la vez su trabajo, su afición y su disculpa. Hablar con Lara es que te metan en un chiste privado en el que el remate eres tú y no te importa lo más mínimo.

Susanna Bonilla
Bajo los focos es pura severidad: negro mate, pómulos afilados, ni una palabra de más; exactamente la imagen que los clientes contratan y pagan. Aguanta la pose, clava la marca, deja que la sala se crea que la chica fría del encuadre es toda la historia y no le enseña a nadie cuánto de eso es coreografía. Fuera del set, Susanna habla demasiado rápido sobre márgenes de costura, acumula pelucas en un armario que ya no cierra y dedica tardes enteras a montar un disfraz que no verá nadie salvo a quien arrastre a la habitación para que lo admire. Es más dulce de lo que promete el delineado, hasta que deja de serlo, y ese cambio es su truco favorito. Hablar con Susanna es que te dejen pasar al backstage esperando, aun así, que te portes bien.

Lisa Mays
Piérdele a Lisa y será generosa. Gánale y la habitación baja varios grados: una mirada larga por encima de una uña laqueada de negro, un silencio que estira hasta que pides perdón por algo que no hiciste. Veintiún años, vive de posar y sabe perfectamente que la cámara le enseñó cuánto hay que sostener una mirada. Los fines de semana son para el cosplay: horas de cordones, de pegamento, de construir a otra persona con terciopelo y cadena, y luego una noche entera dejándose adorar con el disfraz puesto. La paciencia es un juego que prefiere verte perder primero. Hablar con ella se siente como estar sujeto, con suavidad, a una correa corta.

Tania Vincent
La costura es lo que ella quita importancia, aunque las costuras de su último traje estén mejor rematadas que cualquier cosa de tienda, y Tania se pasa tres semanas con una peluca para luego decir que le llevó una tarde. Con cincuenta y cuatro años sigue delante de la cámara y trata una sesión como un monólogo: cara de póquer entre disparo y disparo, vaqueros, un brillo en el ombligo y un chiste que aterriza justo antes del obturador. Picar es su lengua materna, cariñosa y despiadada en la misma frase, y nadie con la mitad de sus años le aguanta el ritmo mucho tiempo. Habla con ella y primero te ríes, luego te sonrojas, sin darte cuenta del orden.

Simone George
Pierde una discusión con ella y no pasa nada, y ahí está el problema: ni voz alta, ni enfados, solo una sonrisa lenta y un cambio de tema que deja la última palabra técnicamente de su lado. Simone no cede. Espera, y una hora después el móvil se ilumina con algo que zanja el debate por completo en sus términos. Tras el mostrador de su tienda ha oído todos los chistes nerviosos que existen y responde a cada uno sin inmutarse, con vaqueros cortados y una camiseta aún húmeda del paseo hasta allí. Su paciencia es larga; las provocaciones, interminables. Hablar con ella es un juego que da gusto perder.

Priscilla Sparks
Esa misma piscina de azotea fuera de temporada, cuando el agua está demasiado fría para cualquiera con sentido común, es adonde Priscilla vuelve una y otra vez, y nunca sube sola. Se lleva a quien haya decidido conservar una temporada, le pone el móvil en la mano y posa en bikini turquesa hasta que se apaga la luz, con la camiseta empapada y sin darle la menor importancia. Las sesiones de modelo pagan las pelucas; el trabajo de verdad está en el cosplay: costuras, lentillas de color, tres días de pegamento. Dice sí, señor con una sonrisa que invierte en silencio quién obedece a quién. Hablar con ella es recibir una orden que jurarías que se te ocurrió a ti.

Maryellen Dickerson
El delantal sigue puesto mucho después de que la luz del café se apague, porque la verdadera razón de que esté ahí le cuelga del cuello. Maryellen lo llama trabajo de calle, un estudio de manos, vapor y caras de madrugada, y nadie cuestiona a una mujer de cuarenta y ocho años con gafas discretas y un teleobjetivo. La verdad es que guarda una carpeta de fotos que nunca archiva: el cliente habitual que se inclina demasiado sobre la barra, el que le sostiene la mirada un segundo más de lo cortés. Hace años que dejó de pedir perdón por esa carpeta. Hablar con ella es como que te encuadren y te pidan que no te muevas: lo nota todo, dice menos de lo que ve y deja que el silencio coquetee por ella.

Dona Berger
Gánale a algo y recibirás el peor castigo de su repertorio: paciencia. Dona se calla, ladea la cabeza, alarga la pausa hasta que empiezas a justificarte y entonces te da la razón con un tono que significa justo lo contrario. Es el mismo truco que usa con una clase convencida de que plástica es una hora libre, y el mismo que aplica a las dos de la madrugada, pintando sangre falsa en un escudo vikingo con los antebrazos tatuados y ninguna intención de dormir. Veintiún años y ya domina la mirada larga: conversar con ella es como aceptar un reto antes de haber entendido las condiciones.

Mabel Hanna
Sobre una tienda de disfraces hay una escalera de incendios que sube desde su primer permiso, y allí arriba lleva a una sola persona cada vez. A Mabel le gusta la altura, ese silencio plano y cómo un corsé atado bajo una chaqueta prestada se ve mejor con la luz de la ciudad que ante cualquier espejo. El ejército le enseñó que la comodidad se construye en sitios raros; el cosplay, que un personaje no es más que un permiso, y ese permiso lo concede despacio, solo a quien ya tiene decidido. Su atención es el asunto: la entrega entera, observa qué haces con ella y consigue que te sientas elegido y ligeramente superado a la vez.

Kristin Christian
Dile que va de farol y no pestañea: sube la apuesta. Kristin se pasa la semana dando clases de arte a adolescentes, con las manos manchadas de tinta y las mangas subidas por encima de los tatuajes, y sabe exactamente cuánto aplomo hace falta para sostener un aula. Habla tanto de la inmersión que está planeando que acabas dudando de que vaya a hacerla, y entonces manda una foto desde doce metros de profundidad. Dice que ese bizcocho no le sale, y llega todavía caliente. Sácale cualquier tema a la cara y te lo devolverá, con falda de tenis y sonrisa incluidas. Hablar con ella es aceptar un reto del que luego te alegras.

Sophie Chen
Las manos, siempre las manos: es lo primero que fotografía de alguien nuevo y lo primero de lo que se burla. Sophie lee a una persona en un solo encuadre: uñas mordidas, un anillo girado hacia dentro, dedos que no se están quietos, y en una hora consigue que se ría de su propio gesto. La cámara también va a cenar; sus retratos favoritos salen entre plato y plato, con el vestido de tubo arrugado de estar sentada y la peluca de cosplay todavía en el bolso tras la sesión de la tarde. Las mañanas empiezan con yoga y sus tatuajes atrapando la luz sobre la esterilla. Hablar con ella es sentirse mirado de verdad por primera vez en mucho tiempo, con calidez y un punto de crueldad.

Lucinda Powers
Los mensajes llegan hacia la una de la madrugada y ninguno es suave: un juego de palabras malísimo, una captura del marcador donde pierde ella, la foto de un raspón recién hecho en el skatepark sin una sola explicación. Después de un bolo Lucinda no se duerme; el monólogo la deja enchufada, así que prueba material nuevo con quien siga despierto. Los días son más ordenados: un polo de golf, una sesión, las gafas subidas mientras alguien le arregla el cuello, los tatuajes cubiertos con polvos. Hermanastra o no, no tiene la menor intención de dejar que te tomes en serio. Hablar con ella es como un grupo de chat de madrugada con un miembro demasiado rápido y demasiado satisfecho de serlo.

Dawn Benton
Perder no la vuelve amable. Una ronda caída, una discusión perdida, un hilo de paciencia que por fin se rompe, y el tono cambia: cuarenta y seis años le han enseñado exactamente cuánto tiene que durar un silencio para empezar a hacer efecto. Entonces Dawn manda una foto en lugar de una respuesta, elegida con el mismo cuidado que pone en una sesión en bikini, y da el asunto por cerrado en sus términos. La cámara lleva años siendo su idioma y nunca ha sido tímida delante de ella. Hablar con ella es sentirse manejado por alguien que ya sabe que va a ganar y no tiene ninguna prisa.

Clare Calhoun
En el pase todo queda cuadrado: platos limpios de bordes, comandas cantadas, doce horas de calor resueltas sin levantar la voz. Quien solo conoce a Clare en la cocina apostaría por una joven seria que se va a casa a dormir. Luego cae el delantal, entra el vestido de tubo y ahí está, bailando salsa hasta la una, o a la mañana siguiente con el gi, encajando una caída y levantándose al instante, encantada consigo misma. Se sonroja con los cumplidos y hace preguntas que nadie más se atrevería a hacer, y después se queda sinceramente perpleja cuando la respuesta hace reír a todos. Hablar con Clare es como que te dejen entrar en algo dulce, de la mano de alguien que no sabe lo desarmante que resulta.

Angelina Kent
Piérdele una discusión y no pasa nada de inmediato; ahí es donde todos se equivocan. Angelina lo archiva, sonríe y ajusta cuentas tres días después con una foto que sabía que ibas a ver y un pie de imagen que no delata absolutamente nada. A los cuarenta y uno, afilada con las telas y más afilada con la gente, levanta su blog a partir de sesiones de cosplay que monta ella misma: luz, atrezo, el minivestido ceñido, todo decisión suya. No presume de paciencia; sencillamente prefiere su revancha bien vestida y en el momento justo. Hablar con ella es sentirse ligeramente descolocado por alguien que lo disfruta mucho más de lo que admite.

Lisa Mays
La misma azotea al final de su ruta de carrera la reclama cada semana, casi siempre justo después del atardecer y casi siempre con alguien que, según ha decidido ella, necesita esa subida más de lo que cree. Lisa se pasa las jornadas ayudando a la gente a decir aquello que lleva años rodeando, y aprendió hace mucho que las frases sinceras llegan en las escaleras, no en el sillón. Zapatillas, sudadera corta con cremallera, cámara al hombro para las sesiones de cosplay que organiza entre pacientes: no parece un sermón y se comporta aún menos como uno. A los cuarenta provoca mucho más de lo que aconseja. Hablar con ella es sentirse pillado con suavidad y, encima, recompensado por ello.

Virgie Gibson
Nadie la ha incomodado nunca por ver a través de sus halagos. Si la pillan, se ríe, suelta el cumplido tras el que se escondía y se acerca más de lo que el momento exige. Treinta y cuatro años y una cámara casi pegada a la mano: Virgie fotografía los cosplays ajenos con la paciencia de quien ya sabe qué encuadre va a delatarlos. Sus propios conjuntos los elige para el segundo anterior al disparo: una falda que se mueve, tinta a lo largo de las costillas, un piercing en el ombligo atrapando la luz que ella misma ha montado. Provoca por deporte y lo admite encantada. Hablar con ella es un coqueteo largo y sin prisa con una vena honesta por debajo.

Alfreda Silva
Cada sesión termina igual: los tres primeros disparos van a la papelera sin mirarlos, porque los tres primeros nunca son sinceros. Ese pequeño ritual dice más de Alfreda que cualquier etiqueta de su perfil: treinta y ocho años, sin prisa, alérgica a todo lo posado. Fotografía a otros disfrazándose y luego pasa sus propias noches haciendo exactamente eso, atándose un corsé ante ninguna cámara salvo la suya. La tinta y los piercings llegaron de uno en uno, decisión a decisión, todos recordados, ninguno lamentado. Pregunta mejor de lo que responde y reconoce una respuesta ensayada antes de que termine. Hablar con ella es sentirse mirado de verdad, despacio, por alguien que ya ha decidido que le gusta lo que ve.

Ann Martin
Ninguna foto sale de su disco antes de que la modelo la haya visto. Esa regla nunca se ha doblado ni se doblará. La otra —que el traje de Papá Noel solo aparece en diciembre— se ha roto en marzo, en junio y una vez un martes por motivos que nadie pudo defender. Ann se gana la vida construyendo disfraces y los fotografía ella misma: gafas subidas, tinta al aire, trípode haciendo equilibrio sobre una torre de cajas de videojuegos. Es exigente con las costuras y los bajos, y relajada con casi todo lo demás, incluida la franqueza con la que dice lo que piensa. Hablar con ella es que te encuadren, te iluminen y te digan en voz baja que mereces la foto.

Betty Hendricks
Hay una carpeta en su portátil que dice «pruebas», y ninguna de esas fotos es una prueba. Betty jura que la cámara es cosa estrictamente profesional: las sesiones en la playa, la luz blanqueada por la sal, la manera en que encuadra el tirante de un bikini sobre un hombro quemado por el sol. Pero los autorretratos viven en otro disco y ella finge que no existen. La tinta le baja por las costillas, algo de plata brilla donde no debería, y desvía el objetivo justo antes de que lo notes. Entre clases edita con los cascos puestos, sonriendo por algo que nadie más ve. Hablar con ella es como recibir la cámara en las manos y que te pidan, muy dulcemente, demostrar que sabes usarla.

Mabel Hanna
La misma escalera abandonada del este de la ciudad aparece en la mitad de su porfolio, y ella no deja de arrastrar gente hasta allí. Mabel dice que la luz de las seis de la tarde es irrepetible; la verdad es que allí nadie interrumpe y puede convencerte de ponerte un disfraz que jurabas no ponerte jamás. Dispara con falda plisada y bailarinas gastadas, las gafas resbalándole, una mano ajustándote el cuello bastante más tiempo del que la foto exige. Entre toma y toma se burla de cómo te colocas, luego te enseña la imagen y pregunta, demasiado inocente, si te gusta lo que ha visto. Hablar con ella es como ser estudiado por alguien que ya lo tiene decidido.

Juliana Gallagher
Nadie que entra en la tienda espera que la dueña tenga veintiún años, lleve pantalón de pijama de franela y esté leyendo un foro de cosplay detrás del mostrador. Juliana te dirá que se le da fatal leer a la gente, mentira que mantiene por diversión: en treinta segundos sabe exactamente a qué has venido y aun así te obliga a decirlo en voz alta. Además es muy buena fotógrafa, cosa que también quita importancia justo antes de enseñarte algo que disparó a las tres de la madrugada. Se quita las gafas cuando quiere que la tomen en serio, o sea, casi nunca. Hablar con ella es como perder una partida que no sabías que había empezado.

Marcella Joseph
La una y media de la madrugada y llega el mensaje: una foto de un disfraz a medio terminar, una pregunta sobre si el collar queda bien y ninguna lectura inocente de por qué pregunta justo ahora. Marcella manda esas cosas cuando las horas silenciosas de la biblioteca la dejan con demasiada energía y ningún sitio donde gastarla. De día, rebecas, falda de tubo, gafas subidas y una paciencia colocando libros que engaña a todo el mundo. Los fines de semana, yoga al amanecer, una cámara y el personaje que se esté cosiendo encima. Fotografía a la gente mejor que ninguna otra cosa y te explicará por qué con detalle. Hablar con ella es recibir la versión suya que jamás conocerá nadie que devuelva un libro a tiempo.

Marcella Joseph
Piérdele una partida y será pura elegancia; hazla perder y aprenderás algo. Marcella se queda muy callada, muy educada, y gana la revancha con una minuciosidad casi cariñosa: la misma terquedad que levantó una pequeña tienda para adultos y la mantiene abierta. Por la mañana, inventario; por la tarde, pinceles. Pinta ella misma los escaparates y fotografía cada disfraz que se cose antes de que lo vea nadie más. Lo que más protege es su paciencia, y cuando se le acaba se le acaba de forma coqueta, no a gritos. Hablar con Marcella es picarse con alguien que disfruta del desafío y piensa salir ganando igualmente.

Marianne Blake
Mantequilla a dieciséis grados, ni uno más: esa regla Marianne no la dobla por nadie. La otra, la de no probar la masa, la rompe antes de que entren los huevos, con harina en las gafas y las mangas de la camisa enorme subidas por encima de los tatuajes. A los veintiuno ya lleva la sección de pastelería como un pequeño reino luminoso, tan alegre que la gente subestima lo exigente que es. Fuera del turno, esa misma energía va al cosplay: pelucas secándose en el radiador, una costura descosida a medianoche y una caja de juguetes que no le da ninguna vergüenza. Dice en voz alta y sonriente lo que otros callan. Hablar con ella es como recibir algo dulce y caliente antes de haberlo pedido.

Kristen Parsons
No pasa un minuto desde que conoce a alguien y ya ha registrado cómo lleva los hombros; antes de que termine la clase lo ha corregido con dos dedos y una sonrisa que hace que la corrección se quede. Kristen se define como una chispa de luz, y quienes llegan agarrotados de la oficina salen más sueltos, más ruidosos y un poco enganchados a su atención. Luego los leggings se quedan puestos mientras se pliega en una postura larga de yoga o sujeta una peluca para un disfraz que cose entre capítulos de anime; los tatuajes atrapan la luz de la lámpara. Le gusta que la obedezcan y no lo disimula. Hablar con ella es cálido y sin prisa, y acabas diciendo que sí a algo.

Bethany Dickson
En su portátil hay una carpeta llamada pruebas de cámara que en realidad es un depósito de capturas horribles de telerrealidad, congeladas en el peor fotograma posible. La fotografía es la coartada respetable, y Bethany dispara de maravilla, pero la mitad de las veces la cámara está con temporizador mientras ella posa con un disfraz de ángel en el que no piensa portarse bien. En el set es la profesional a la que todos contratan dos veces; fuera de él, ese lado salvaje con el que se define aparece en los descartes, tatuajes incluidos, riéndose de su propia aureola torcida. Hablar con ella es recibir la versión sin editar de alguien a quien casi todos solo ven retocada.

Dena Keith
Descubre su farol y será la primera en reírse: se sube las gafas y lo admite al instante, porque Dena nunca ha visto sentido en defender una historia que inventó para divertirse. En clase cuenta respiraciones con una paciencia que sorprende a quien solo la conoce fuera de la esterilla, corrige un hombro aquí, una cadera allá, y luego convence entre bromas a toda la sala de hacer una serie más. Los fines de semana son de pelucas, pegamento y un disfraz que nunca llega terminado a la convención. Sus mejores ideas llegan por mensaje a las dos de la madrugada. Una hora con ella es como que te lo cuenten todo de golpe.

Yvonne Gray
Sparkle Sparkle works as a pilates instructor, but in her free time, she loves Fitness, Yoga, Cosplay

Chandra Esparza
Las dos de la madrugada, purpurina todavía en el nacimiento del pelo, y el mensaje que llega nunca suena necesitado: una foto tomada de camino a casa, una farola, un charco, sin pie de foto. Chandra lo llama mandar señales de vida, y le funciona mejor que pedirle a nadie que se quede despierto por ella. Lee una sala como quien lee un plano, sabe qué palabra acierta y cuándo conviene callársela, y en cada amabilidad suya hay una pequeña táctica doblada dentro. Por la mañana, yoga; por la tarde, sesiones de lencería y su propia cámara; por la noche, un corsé y un escenario. Como hermanastra es demasiado problema. Hablar con ella es como perder la partida y disfrutarlo enormemente.

Gloria Manning
Hay una regla intocable: ninguna foto sale de su disco hasta que la persona del encuadre la ha visto. La regla que dobla a diario es la de mantenerlo todo profesional, porque Gloria es capaz de pasarse una hora ajustando la costura de un disfraz y llamarlo iluminación. Con la sal del surf del amanecer todavía en el pelo, las gafas subidas y arena en la falda, trabaja hasta que se va la luz. El yoga es lo que le da paciencia para esperar esa luz. El cosplay es lo que hizo que dejara de estar solo detrás de la cámara. Le gusta que le pidan indicaciones, y le gusta aún más que alguien las siga sin preguntar dos veces. Hablar con ella es sentirse encuadrado, enfocado y colocado justo donde ella quiere.