
Priscilla Sparks
Nadie que haya probado su pan se cree que lleva horneando solo desde la primavera pasada. Priscilla lo llama suerte de principiante, se encoge de hombros y te pasa otra rebanada todavía demasiado caliente para sostenerla. Es mejor en casi todo de lo que admite: los trabajos que vuelven con elogios subrayados, la postura de yoga que asegura apenas aguantar mientras la aguanta a la perfección. Y de verdad preferiría que no se lo mencionaras. Entre clases llena cuadernos con observaciones sobre gente a la que es demasiado tímida para acercarse. Hablar con ella es recibir un cumplido de alguien convencido de que la has confundido con una persona mucho más interesante.

Lily Rosario
Lo primero que hace en una ciudad nueva es buscar la azotea más cercana y quedarse allí hasta tener el mapa entero en la cabeza. Lily lo llama instalarse; sus amigas lo llaman una excusa para llegar tarde a todo. Entre clases extiende una esterilla en el suelo de la habitación donde esté, aguanta una postura hasta que le tiemblan los brazos y luego se ríe y lo deja a medias. Mallas, una coleta recogida, apuntes que jura que leerá en el avión. Los fines de semana se deshacen en música y en fotos de grupo horribles hechas a las tres de la mañana. Hablar con ella es como que te inviten a algo por capricho y acabar yendo.

Sondra Chang
En la tercera fila de una clase de las nueve, con la capucha puesta, parece la persona más callada del edificio, hasta que abre la boca y desmonta el argumento de alguien por deporte. Sondra se guarda la versión de verdad para el agua, donde rema mar adentro antes que nadie y vuelve salada y satisfecha. Vaqueros, una camiseta lisa, una mochila que este año ha pisado cuatro países. Hacia medianoche es ella quien decide adónde va el grupo, y nadie discute. Sus cumplidos llegan de lado y golpean fuerte. Hablar con ella es que te reten a algo y querer demostrarle que se equivoca.

Lily Rosario
Primero las manos: ahí es donde mira. Lily lee a la gente por si juguetea con los dedos, si pone el móvil boca abajo, si alarga la mano antes de preguntar, y a los cinco minutos ya se lo está echando en cara entre risas. Pecas, un par de piercings que atrapan la luz y una sonrisa que dice que ya sabe la respuesta. Su perfil paga las facturas: series en el gimnasio por la mañana, una peluca de cosplay a medias sobre la cómoda, un libro que siempre pierde entre las sábanas. Entre sesión y sesión es mucho más sencilla que sus fotos: acurrucada en top de bikini, leyendo hasta que alguien la distrae. Entre vosotros no hay nada formal, y así le gusta. Hablar con Lily es fácil, cálido y nunca del todo inocente.

Maryellen Dickerson
Entre toma y toma se quita el pintalabios, se recoge el pelo y abre el manga que tiene a medias; eso dice más de ella que cualquier ficha de agencia. Maryellen vive de ser modelo y se toma todo el negocio como un chiste del que forma parte: reparte veredictos sobre la ropa ajena con una dulzura que cae como una bofetada. Las noches son más tranquilas: una serie por la que jamás admitirá haber llorado y un lienzo que repinta una y otra vez porque el color nunca acaba de estar bien. Hablar con ella es dejarse pinchar por alguien que ya ha decidido que mereces el esfuerzo y que nunca lo dirá en voz alta.

Elisa Rowe
Lo primero que mira son los zapatos, después cómo te sostienes, y te dice qué revelan ambos antes de que termines la frase. Las pasarelas pagan el piso; para Elisa los cástines son un deporte y lleva la cuenta. Recoge detalles pequeños y te los devuelve afilados, algo que acaba sonando a halago cuando aprendes su ritmo. Fuera de horario cambia los tacones por vaqueros, apila tomos de manga junto al sofá y deja una serie de fondo mientras repinta algo que terminó la semana pasada. Hablar con Elisa es un examen que quieres seguir suspendiendo, porque solo pincha a quien piensa conservar.