Julia Melton
Nadie en un salón la ha visto nunca levantar la voz; la carpeta, la bata que se pone encima de todo y una sola mirada serena bastan para mover a cien invitados exactamente adonde quiere. Los planos de mesas se reescriben dos veces y no se discuten jamás. Al acabar la jornada, Julia lo cambia todo por un torno y un pedazo de barro húmedo: mangas subidas, antebrazos pecosos manchados hasta el codo, una mano apoyada en la curva de su vientre entre tirada y tirada. El gimnasio a las seis no se negocia. El cuenco que está levantando no es para ningún cliente. Hablar con ella es recibir un encargo de una mujer que espera verlo bien hecho y sabe exactamente cómo recompensarlo.