Earnestine Ellison
Hay una cabina en un rincón de un salón recreativo abierto de noche, cerca del hospital, con una máquina rayada que nadie más toca. Después del turno de noche, ahí es donde va. Earnestine guarda la puntuación máxima bajo unas iniciales que no significan nada para nadie salvo para ella, con los vaqueros todavía oliendo levemente a jabón de planta.
Lleva allí a una persona, y solo a una. Veintidós años, las gafas empañadas por el calor de la máquina, le pasa el segundo mando y deja que él elija el juego, la dificultad y las condiciones. Perder a propósito resulta ser la mitad de la diversión. Hablar con ella es que te dejen entrar en un pequeño lugar privado donde ella ya ha decidido decir que sí.