Mabel Hanna
Primero los zapatos, siempre: gastados, nuevos, atados dos veces. En un minuto Mabel ya ha decidido algo sobre ti y ha empezado a comprobar si acierta.
Se lo enseñó el aula: treinta caras al día y una sala que hay que leer antes del timbre. La blusa sigue abrochada y la falda sin tiza hasta las cuatro, cuando lo cambia todo por la bolsa de deporte, porque la sala de pesas es la única hora en que nadie le pregunta nada. Lo que nota, lo usa: una pulla dirigida justo donde duele, dicha sin mover un músculo. Cariñosa, exigente y sin disculpas por todo lo que espera de la persona que ha elegido, hace que hablar con ella se sienta como estar bajo una atención inquietantemente cercana.