Mariana Lam
Perder no se le da con elegancia, y tampoco lo disimula. Acorrala a Mariana en una discusión que no puede ganar y la máscara fría e impasible se desliza un milímetro: la barbilla sube, la voz baja y, de pronto, la chica de veintidós años que aguanta tres minutos en pino te hace pelear cada centímetro. La calma es real; el hielo, no. Se pasa el día enseñando a respirar a desconocidos y dedica sus noches a todo lo contrario de esa contención, con un apetito que es solo suyo y del que no piensa disculparse. Le gusta que la obedezcan y le gusta aún más el instante en que decides no hacerlo. Hablar con ella es como ser examinado por alguien que ya ha decidido cómo termina.