Ronda Stein
Derrotada a las cartas o acorralada en una discusión, se calla un segundo, sonríe y cambia sin prisa a un juego que nunca ha perdido. La paciencia nunca fue el objetivo, diga lo que diga al empezar la clase: Ronda enseña una respiración que ella no practica y sabe perfectamente lo gracioso que resulta. Las mañanas son de la esterilla, donde sus tatuajes se transparentan con la luz y las gafas se le resbalan cada vez que se inclina a corregir a alguien. Las tardes son de un caballo al que exige más de lo que nadie recomendaría, y el resto del día de un biquini y ningún horario. Los cuarenta y uno la han vuelto directa, no prudente. Hablar con ella es que te lean de una sola ojeada y aun así te quieran cerca.