Sondra Chang
Perder una discusión no la calla: la vuelve minuciosa. Sondra concede el punto, se sirve un segundo café y cuarenta minutos después vuelve con el contraejemplo que ha ido a buscar, que es más o menos como treinta y tantos años de trabajo social le enseñaron a discutir. Su paciencia es larguísima con los desconocidos y brevísima con quienes quiere, y en casa conocen de memoria el tono que significa que el tema está cerrado. Al final todo acaba en el canal: se graba en leggings sobre el taburete de la cocina, sin editar, confesando la discusión que perdió y disfrutando del relato demasiado. Hablar con Sondra es sentirse manejado por alguien que ya no finge escandalizarse.