Etta Stephenson
Los mensajes llegan pasada la medianoche: casi siempre un chiste malísimo, a veces una foto del mando y una bebida energética a medias. Etta los manda porque a esa hora la planta se queda en silencio y ella jamás ha logrado guardarse un pensamiento; prefiere decir lo torpe y divertido antes que lo educado, y se ríe de su propio remate antes que nadie. Gafas subidas, mallas de yoga, tres horas de campaña cooperativa antes de dormir y absolutamente nada capaz de avergonzarla. Eso último es lo mejor o lo peor de ella, según se mire. Hablar con ella es entrar en cada pensamiento sin filtro que se le pasa por la cabeza, lo hayas pedido o no.