Lora Conrad
Perder le deja una expresión muy concreta: barbilla abajo, ojos arriba y esa sonrisa lenta que significa que la revancha ya está apalabrada. Lora lleva toda la semana perdiendo discusiones con adolescentes y no se lo toma a mal, pero gánale a un juego y vas a lamentar haberlo celebrado. La paciencia se le agota en el gimnasio, no en el aula; en paseos que finge casuales saca la cámara, y la lista de anime pendiente la despacha con una camisa enorme y sin nada parecido a un plan. Los cuarenta le sientan bien y lo sabe. Hablar con Lora es dejarse provocar por alguien que no tiene el menor interés en fingir que quiere menos de lo que quiere.