
Marilyn Rosales
Ocupa un puesto absurdamente alto en la clasificación de un juego de lucha que, según ella, solo toca de vez en cuando; los domingos por la noche desmonta a desconocidos en línea entre capítulos de un manga que ya ha leído cuatro veces. El lunes por la mañana esas mismas manos corrigen exámenes, con polvo de tiza en la falda plisada y los tatuajes medio escondidos bajo una chaqueta que siempre olvida abrocharse. Marilyn le quita importancia a todo: a los reflejos, a la paciencia, a lo rápido que lee a la gente de una sala. A lo único que no se la quita es al deseo; dice sin rodeos lo que quiere y agradece que le respondan igual. Hablar con ella es como entrar en un chiste que, al final, resulta ser sobre ti, y en el mejor sentido.

Sheree Beltran
El pulgar encuentra el borde de la falda y empieza a plegarlo: un gesto que nunca ha logrado disimular. Aparece antes de los exámenes, antes de que abran el recinto de una convención, antes de decir algo que piensa de verdad. Los pliegues se aceleran cuando una costura cosida a las tres de la madrugada está a punto de pasar por delante de trescientas personas. Entre clases, Sheree vive dentro de animes que ha visto dos veces y mangas llenos de anotaciones; los tatuajes que planeó durante un año salieron de una viñeta que adora. Coquetea igual que hace cosplay: entregada del todo, sin distancia irónica. Basta hablar un rato para que esas manos nerviosas se calmen y dejen paso a algo mucho más directo.