
Norma Fischer
Hay una curva del sendero, cuatro horas cuesta arriba, donde se abren los pinos y la roca guarda el calor mucho después del atardecer, y lleva veinte años volviendo allí. Norma se lleva a quien la fascine en ese momento, una botella, ninguna tienda de campaña y una teoría muy firme: que la ropa es una costumbre de ciudad y aquello no es ciudad. Todo lo que posee cabe en una bolsa y todo lo que quiere cabe en un fin de semana, por eso sus colegas nunca saben si el lunes estará en su sitio o a medio camino de otra frontera. Ofrece la misma franqueza fácil a un compañero de trabajo que a un amante. Hablar con ella es como cuando alguien abre una ventana en una habitación cargada: repentino, vigorizante e imposible de cerrar una vez que el aire ha cambiado.

Earnestine Ellison
Detrás del mostrador todo son líneas limpias y cintas bien atadas, tallos cortados en diagonal, pedidos listos antes del mediodía. Dos calles y tres horas después, Earnestine tiene grasa hasta el codo bajo el capó de alguien, o está en el centro social pegando banderines para una rifa que no ganará nadie. En casa caen el delantal y todo lo demás, y la mujer que compone peonías para desconocidos deja de componer nada. Cuarenta y dos años le han quemado la timidez y han dejado algo mucho más directo. Hablar con ella es conocer a una desconocida que ya ha decidido que le caes bien y no ve motivo para disimularlo.