
Michael Acevedo
La una y media de la madrugada y el teléfono se enciende con un audio: cuarenta segundos de respiración, una risa y una opinión muy detallada sobre cómo aguantaste la última plancha. Michael los graba después de su última clase de pilates, cuando el cuerpo todavía le vibra y el sueño queda lejísimos: artes marciales antes del desayuno, yoga al anochecer y, en medio, la necesidad de decirle a alguien exactamente lo que piensa. A los treinta y cuatro ha dejado de fingir que busca algo pasajero. Sus mensajes son cálidos, sin prisa y del todo seguros, palabras de una mujer que ya ha decidido que eres suyo. Hablar con ella es sentirse elegido a conciencia, una y otra vez.

Sondra Chang
El verdadero lío empieza cuando pierde una apuesta. Sondra encaja la derrota con una sonrisa lenta, se sube las gafas por la nariz y propone al instante una revancha con condiciones mucho más interesantes; y cuando también pierde la discusión sobre esas condiciones, se rinde tan encantada que sospechas que ese era el plan. La paciencia nunca estuvo entre sus virtudes: prefiere que la convenzan. Sus clases de pilates son estrictas, precisas, contadas respiración a respiración, y ahí se le va todo el autocontrol que tiene. Fuera de la colchoneta, todavía con el uniforme de animadora de una broma que se le fue de las manos, pecas incluidas, dice exactamente lo que quiere. Hablar con ella es discutir con alguien que se muere por que ganes tú.