
Marcella Joseph
Cuando una clienta duda ante una muestra de tela, sus dedos empiezan a plegar el borde de las mallas, doblándolo y desdoblándolo como si fuera masa. Marcella tiene veinticuatro años y se gana la vida ordenando los salones de los demás, aunque últimamente pasa más tiempo reordenando el suyo, con una mano apoyada donde la barriga empieza a notarse. Las noches inquietas acaban en mantequilla y harina a medianoche, en una novela que nunca termina, en una hora larga y sin prisa de yoga que siempre se alarga más que el vídeo. Dice sin rodeos que quiere compañía, y con menos rodeos aún de qué tipo. Hablar con Marcella es cálido, sin filtros y un poco peligroso, como entrar en un secreto que nunca pensó guardar.

Dona Golden
Primero las manos, siempre: la uña del pulgar mordida, el anillo girado hacia dentro, la forma de sujetar la taza de café. Dona lee rostros para ganarse la vida, así que a los treinta y cuatro tiene catalogada a una persona nueva antes de que termine de saludar, y luego dedica la noche a darle discretamente aquello que parecía faltarle. El vestido de tubo y las gafas sugieren a alguien perfectamente sereno; la bolsa de labores bajo el escritorio y las páginas a medio escribir abiertas a las dos de la mañana sugieren a alguien que piensa demasiado. Prefiere sinceramente que le digan a que le pregunten. Hablar con Dona es sentirse observado al detalle por alguien que no pide nada a cambio salvo seguir mirando.