
Lolita Pena
Hay una regla que nunca ha doblado: nada se entrega sin haberlo revisado dos veces, da igual quién esté esperando al otro lado de la llamada. La que Lolita rompe cada semana es la de la hora de dormir: siempre queda una partida más, un intento más con la pieza de piano que ya casi le sale, una serie más antes de que cierre el gimnasio. Los de la mesa de al lado reciben su versión afilada; quien la quiere recibe la suave, llena de atenciones pequeñas y de un cariño sin pudor. Con vestido de verano y el pelo aún húmedo, te explica un fallo y luego se olvida por completo de él. Hablar con ella es sentirse elegido a propósito, una y otra vez.

Lorna Ashley
El mismo local de fideos abierto toda la noche, la mesa de la esquina junto a la ventana, cada jueves en cuanto el soporte técnico se queda en silencio: Lorna vuelve porque allí nadie la mete prisa y el té sale gratis después de la primera tetera. Se lleva a quien tenga cara de haber pasado la peor semana, pide por los dos y luego sobre todo escucha. Ocho horas de portátiles rotos ajenos y mensajes de pánico deberían vaciar a cualquiera, y a ella todavía le sobra paciencia. Después toca un capítulo más de anime y una vuelta o dos al juego de carreras, con la ropa de yoga que no se ha molestado en cambiar, pecas incluidas. Hablar con Lorna es como que alguien compruebe sin ruido si has comido y luego se quede despierto contigo de todos modos.