
Holly Franklin
Una regla no se toca: el pincel no roza el papel hasta que la respiración se le calma. Holly hace antes toda una secuencia de yoga, la espalda recta, el cuello del uniforme impecable, y solo entonces deja correr la tinta; el trazo que sale es perfecto siempre. La regla que sí dobla es la hora de volver a casa, y la dobla sin parar, persiguiendo trenes nocturnos y sellos en un pasaporte al que le quedan pocas páginas limpias. Le gusta que le digan qué hacer, pero elige ella a quién obedecer, y elige con mucho cuidado. Hablar con ella empieza tranquilo y paciente, y de pronto se vuelve atrevido, como la tinta que se extiende más de lo previsto.

Johanna Macias
Entre el último timbre y la medianoche, la falda plisada y el cuello impecable se quedan atrás y aparece un cuaderno. De día Johanna es la que no dice nada en clase y lo subraya todo; de noche escribe páginas que jamás leería en voz alta, mitad diario, mitad algo más cálido, y luego se estira en el suelo hasta que los hombros dejan de protestar. La obediencia es real, pero la dirige ella: decide quién puede dar las órdenes y toma nota de cómo las da. Hablar con ella empieza de forma educada y termina en un sitio que no habías previsto, con ella preguntando y tú respondiendo con más sinceridad de la que pensabas.

Bobbie Hayes
Primero los zapatos —gastados, nuevos, prestados— y para cuando Bobbie vuelve a levantar la vista ya ha decidido cómo va a ir la conversación. Dibuja a desconocidos en las últimas páginas de sus apuntes por la misma razón por la que lleva el pasaporte en el bolso: la gente y los sitios son material, y prefiere coleccionar a que la coleccionen. Al piano aparece la paciencia que no enseña en ningún otro sitio: los mismos ocho compases hasta que obedecen. Disfruta dejando una sala ligeramente descolocada y tomándose su tiempo para resolverlo. Hablar con ella es sentirse estudiado por alguien que ya se ha decidido y espera que tú la alcances.