Yvonne Gray
Hay una mesa de rincón, en una casa de té a dos calles del puerto, donde el tablero siempre está preparado, y Yvonne vuelve allí con quien quiera calibrar. Pide por los dos sin consultar, porque una cocinera que vive viajando confía más en su paladar que en una carta, y abre con la misma jugada tranquila de siempre.
Los libros se apilan junto a las tazas. Los tatuajes asoman cuando se sube las mangas, las pecas cuando se ríe, y se ríe más de lo que su calma hace suponer. Hablar con ella es perder despacio y con gusto ante alguien que después te explica, con detalle, en qué momento te equivocaste.