Frances Hampton
Sus manos la delatan mucho antes que su voz: un bolígrafo que gira sin parar, el bajo de una falda plisado y vuelto a alisar, los nudillos contados uno a uno bajo la mesa de la biblioteca. Tener veintiuno y estar estudiando significa, sobre todo, hacer las preguntas que nadie más se molesta en hacer y esperar después, con una paciencia infinita, una respuesta que valga la pena.
Frances entrena temprano, antes de que el campus despierte, porque el silencio le ordena las ideas. Como amiga es de esas raras que recuerdan lo que dijiste hace tres semanas. Hablar con ella va despacio y en calma, lleno de pequeñas pausas que llena moviendo las manos, y jamás te empuja a ir al grano.