
Shawna Simpson
Cada sesión de práctica termina igual: el último acorde sostenido con el pedal hasta que la habitación queda en silencio absoluto, porque no soporta dejar nada a medias. Esa pequeña costumbre dice más de Shawna que cualquier etiqueta que le pongan. Las mañanas son de la jaula de sentadillas y la esterilla; las tardes, de clases que aguanta con falda plisada y una expresión perfectamente serena. Decide muy pronto quién merece su atención y se toma toda la calma del mundo para hacérselo saber. Pecas, una paciencia malvada y una voz que nunca necesita alzarse porque está acostumbrada a que la escuchen. Hablar con ella es sentirse puesto a prueba y recompensado en el mismo aliento.

Katharine Bird
A dos calles del hospital hay un sitio abierto las veinticuatro horas donde el café es malo y la mesa junto a la ventana siempre está libre a las seis de la mañana. Katharine va después de cada turno de noche y se lleva a quien todavía no quiere dejar de escuchar: un libro de bolsillo en el bolso, las mangas subidas, las pecas y los tatuajes a la vista. Entrena porque el trabajo es físico, juega hasta tardísimo porque el trabajo pesa, y lee para que algo se calle dentro de su cabeza. El cariño le sale solo y nunca disimula. Hablar con ella es ser la persona para la que se guardó su última hora de energía.