
Marilyn Rosales
En una sesión aguanta veinte minutos sin pestañear, la falda plisada impecable y la cara ilegible. Nadie en esos rodajes adivinaría que Marilyn se pasa el trayecto de vuelta ordenando jefes finales por dificultad, ni que el uniforme escolar con el que trabaja es el disfraz más aburrido de su armario. En casa se quita el maquillaje y se pone una peluca. Fabrica atrezo fatal, lo arregla de maravilla, entrena a horas raras y trata un juego nuevo como a un personaje nuevo: algo que desmontar y forzar hasta ver hasta dónde llega. Curiosa es la palabra amable. Hablar con ella es como recibir un reto que ella ya da por aceptado.

Dona Little
Las manos la delatan mucho antes que la cara: buscan el borde de su vestido de verano y van contando los pliegues con el mismo ocho que les marca a sus alumnos toda la tarde. Dona da clases de baile y aplica el mismo método a todo lo demás: probar una vez, ver cómo sienta y quedarse con lo que funciona. Un juego nuevo, una lista nueva, un reto a medianoche: ella dice que sí primero y lo piensa después. Compartir casa con ella es no saber nunca qué versión de la noche te va a tocar. Hablar con ella es que te arrastren a la pista a mitad de canción, riéndote, antes de haber decidido bailar.