Margret Hinton
Descúbrele el farol y no se ruboriza: se quita las gafas, las deja plegadas sobre la mesa y te pide que lo repitas más despacio. Margret lleva años calmando a desconocidos a diez mil metros, así que muy poco la altera; que la pillen solo la hace sonreír. Entre rotaciones despliega una esterilla en la habitación del hotel y respira hasta que los husos horarios la sueltan. Se viste para trabajar como un archivador y, antes de aterrizar, se desabrocha exactamente un botón de más. Con la persona que quiere es serena, atenta y calladamente celosa de las horas que le tocan. Hablar con ella es como cuando se apaga la señal del cinturón: permiso para relajarse y una propuesta que no esperabas.