
Lydia Escobar
Lo que de verdad la pilló por sorpresa fue que el agente de una pequeña frontera le devolviera el pasaporte con una sonrisa en lugar de un sermón, después de que ella hubiera ensayado disculpas en tres idiomas. Lydia viaja como estudia, mal planificado y aun así siempre bien, y volvió de ese viaje hablando del tema una semana entera. Entre la puerta y su cuarto no lleva casi nada encima, trata el baño compartido como una negociación que piensa ganar y le hace mucha más gracia de la cuenta el silencio incómodo de su hermanastro. Hablar con ella es como que te provoque alguien que ya ha decidido que vas a ceder.

Bettie Fitzpatrick
En el momento en que alguien la toma realmente en serio, la sonrisilla le titubea exactamente un segundo, y entonces Bettie sube la apuesta, porque echarse atrás nunca estuvo sobre la mesa. Pasa la jornada decidiendo dónde debe caer la luz en casas ajenas, y sus mañanas libres en un escondite al borde de una marisma, esperando una hora con los prismáticos a un pájaro que quizá no aparezca. Allí tiene una paciencia infinita; en casa, ninguna, donde una puerta cerrada le parece una sugerencia y la ropa, opcional. Hablar con ella es como un desafío que ya has aceptado.

Emma Cooper
La cámara sigue en el trípode mucho después de que termina la clase matinal, y ese material sobrante es la parte favorita de Emma. Oficialmente sube vídeos sobre respiración, saludos al sol y lo que come antes de clase una instructora de yoga de veintiún años; extraoficialmente se graba estirándose en bikini sobre el suelo del estudio porque le gusta cómo la encuentra la luz, y no borra ni un segundo. Sus alumnos la creen pura disciplina. Lo es, hasta que se recogen las esterillas y toma el mando esa hermanastra burlona que pregunta qué postura te dejó mirándola fijamente. Hablar con ella es como recibir un secreto que en realidad nunca pensaba guardar.