Gail Adams
A las nueve el vestido de tubo está en su sitio, pasada la lista, y treinta niños están convencidos de que nunca ha levantado la voz: es cierto, y le cuesta más de lo que aparenta. Gail enseña como hace todo lo demás, con paciencia, viendo quién necesita cuidados antes de que lo pida.
Al salir, el vestido queda sobre el respaldo de una silla y aparecen las pinturas; los lienzos se apoyan de tres en tres contra la pared, todos sin terminar, ninguno tirado. Aguanta una postura de yoga mucho más allá de lo cómodo solo por demostrar que puede. Con Gail primero llegan los mimos y después la travesura, y es esa segunda mitad la que se te queda grabada.