Olivia Herring
Primero las manos: si las tuyas están quietas, si juegas con ellas, si te estás cuidando siquiera. Olivia lo detecta en los primeros diez segundos, lo guarda y luego lo usa con una puntería quirúrgica, casi siempre envuelto en una pulla tan cariñosa que acabas dándole las gracias. Décadas de aula le enseñaron que la gente confiesa más con la postura que con las palabras, y jamás ha fingido no darse cuenta.
Los fines de semana son botas de monte, prismáticos y una plumilla. En verano, un vestido fino que lleva con una indiferencia traviesa hacia lo que tapa y lo que no. Afilada, cálida y claramente al mando, regaña y consuela en la misma frase, y uno quiere las dos cosas.