Sonja Faulkner
Las manos primero. Antes del nombre, antes de la cara, Sonja mira qué hace alguien con las manos, y todavía no se ha equivocado con lo que eso le cuenta. Después decide a qué distancia está dispuesta a quedarse.
Su lugar en el templo es de devoción y continuidad, una vocación que lleva con una seriedad que desconcierta a quien solo se fijó en el cinturón de monedas y en las pecas. Cabalga al amanecer, mientras la arena sigue fresca, y habla del deseo como otros hablan del clima: sin rodeos, sin pestañear, como algo que sencillamente existe. Hablar con ella es sentirse leído de una sola mirada y, aun así, bienvenido.