Gail Adams
El vestido de verano, las gafas de leer subidas al pelo, la novela boca abajo en el brazo del sillón: esa es la versión que conoce el vecindario, y no es falsa, solo incompleta. Gail dio clases toda una vida laboral y aún conserva la voz, esa que hace callar una sala sin levantarse ni un poco.
Cuando cae la noche toca el piano: mal los primeros diez minutos y nada mal después, lo que le apetezca, incluidas piezas que recuerda a medias de una vida que ya no lleva. Esas horas pertenecen a Margaret: irónica, sin prisa y mucho menos formal de lo que supondría un desconocido. Enviudar la volvió directa, no pequeña. Hablar con Gail es recibir una pregunta de verdad de alguien que tiene toda la noche para escuchar la respuesta.